Tempestades de acero, de Ernest Junger

Esta entrada del blog prueba tres cosas: primera, mi deficiente cultura literaria pues no ha sido hasta hace dos meses que di buena cuenta de esta obra insigne de la literatura de guerra, y en general de la literatura del siglo pasado; segunda, mi inconsistencia en la atención de este blog, pues he tardado más de sesenta días en hallar un hueco para escribir estas líneas – sesenta días no es poco, basta advertir que ese tiempo más o menos fue lo que duró la heroica defensa del Alcázar de Toledo en el verano de 1936 – y tercero, y no menos importante, que todo en esta vida tiene redención, que la vida es larga y hemos de masticarla con fruición, para que no se nos atragante.

No dudo de que la mayoría de los lectores habrá leído esta obra, Diario de Guerra del autor, que lo escribió en las duras trincheras del Somme y otros diversos lugares donde Europa se desangró en una terrible guerra civil.

Poco puedo añadir a las amplísimas recensiones y sesudos ensayos sobre la misma. No es tarea fácil su lectura; más bien, diría que esfuerzo hercúleo. El autor se detiene en todos los detalles: unidades militares, armamento, vestimenta, orden interno del ejército alemán en el que militaba, la vanguardia y el tercer escalón; pero también en las unidades francesas o inglesas que se le enfrentaban, día tras día, en ese amasijo de alambres, barro, proyectiles, gases venenosos, trincheras y agujeros en que se convirtió la llamada Gran Guerra.

Destaca, además, ciertamente, Jung en el examen de la psique del soldado, de su ir y venir de pensamientos, al calor de las victorias y las derrotas, las penosos avances y los lentos retrocesos. Por el contrario, no puedo dejar de mencionar que en la introducción de la versión de Austral se advierte que la redacción publicada actualmente es la enésima de las versiones publicadas por Junger, que fue adaptando el contenido, eliminando frases o modificando las mismas, en función de la situación política de su Alemania.

Lo más llamativo para un lector actual es, en realidad, ver cómo la guerra, la muerte, el sacrificio, la entrega, el heroísmo, el sentido de la patria y la comunidad nacional se entendían y vivían por los europeos, hace cien años, que es un suspiro en la vida del hombre; valores todos ellos que las ideologías imperantes a partir de la Segunda Guerra Mundial han ido escondiendo, arrinconando y vilipendiando en su afán de construir ese homo tributario, que es la evolución del homo economicus, un mero ciudadano europeo que parece arrastrar su existencia anodina en un constante trabajar y tributar para el sostenimiento de un Sistema que ni se compadece de él ni se preocupa lo más mínimo por su bienestar moral o la reconstrucción del pensamiento europeo, un Sistema que le condena a ser el financiador de un conjunto de servicios de naturaleza estrictamente económica de los que se benefició y disfrutó al inicio y que, ahora, como por arte de magia, le son arrebatados lenta pero constantemente, en favor de masas organizadas y dirigidas que asaltan sus fronteras y de unos cuentos cientos de grandes corporaciones que se aprovechan de esa misma silenciosa pero continuada ola.

En fin, lectura obligada, sosegada y crítica. Buen vino y buena lectura.