Los milagros de la vida, de Stefan Zweig

Hay pocas cosas que causen desazón como terminar la lectura de un buen libro. Uno de esos libros que atrapa o entusiasma; sobre todo si se trata de una novela, pues en tal caso es la vida misma de los personajes, ¡los personajes!, quienes nos atrapan, y acabar el libro, es como cuando uno despide a un buen amigo para mucho tiempo. Cuando el libro no merece el disgusto, en realidad, terminar un libro es un alivio.

Con Zweig nunca sucede lo último, pues logra, con su estilo parsimonioso, delicado, sencillo, dulce, un constante crecimiento de la historia y de sus personajes, que convierte el final de sus novelas en la mejor parte. Triste. Muy triste. En el caso de Los milagros de la vida, que esta mañana he terminado, un final desolador.

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Portada

O yo no recuerdo ya todas las novelas de Zweig que he podido leer – apuntadas en este blog muchas de ellas – o realmente éste es el final más dramático de todos. Amberes en llamas. Amberes católica en llamas por la rebelión protestante. Arde la iglesia, arden las pinturas, arde la vida misma. Amberes arde tras la marcha del príncipe de Orange después de una novela corta de poco más de 120 páginas, editada en bolsillo por Editorial Acantilado. Arde Amberes la católica después de que una muchacha judía refugiada de un progrom conozca el Amor y la redención por la Vida, tras hacer de modelo a un viejo pintor católico que busca la inspiración para pintar a la Madonna, con su Niño en brazos; un cuadro que cobra Vida, y produce el milagro.

Deliciosa novela, como siempre en Zweig, dominada por el personaje femenino, auténtico protagonista; llena de pasión, de Amor, y en este caso, de un no escondido catolicismo, muy universal y muy europeo, y muy mariano, que nos evoca aquella Europa que fue y que no hemos conocido. Así, en la página 104 inicia Zweig el incendio de Amberes diciendo: “los días de verano trajeron al fin su flor más radiante, la festividad de la Virgen María, el día más hermoso en Flandes”. 

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