La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig

Terminé anteayer una de las lecturas traídas al verano. La impaciencia del corazón, de Zweig, editada sobria pero certeramentee por Acantilado. Señala la contraportada, en su recensión, que “la impaciencia del corazón , hasta ahora conocida entre nosotros como la piedad peligrosa es sin duda uno de los mejores libros de Zweig, un sobrecogedor relato de la insoldable naturaleza humana que atrapará al lector desde la primera página”.

Como no he leído aún toda la obra de Zweig no puedo afirmar si es uno de sus mejores libros pero sí confirmar que la lectura te atrapa desde el inicio (a mi entender, es extraordinario cómo el autor consigue atraer al lector en las primeras páginas que sin duda son de lo mejor de la obra) y que efectivamente es un relato sobrecogedor.

Advierto ya que no es un libro apto para todos los públicos pues los temas que trata y el modo de hacerlo requieren una cierta madurez y formación o conformación del alma propia.

La obra gira en torno a la compasión – el autor distingue dos tipos de piedad definiendo una de ellas como esa impaciencia del corazón que domina todo el libro. La historia es sencilla: un teniente de caballería austríaco, antes de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial conoce, por azares de la vida, a una joven tullida, Edith, hija de un rico húngaro, y la acompaña caritativamente durante su enfermedad, atormentado en ocasiones por el qué dirán, el código militar, las costumbres de una pequeña ciudad austríaca, lo políticamente correcto, el elemento racial (el rico húngaro resulta ser judío), y otras cuestiones que dominan ideológicamente la historia. Al final, la joven adolescente se enamora del teniente Hofmiller y éste es incapaz de resolver la cuestión que se le plantea vitalmente a él y al resto de personajes, dado que es incapaz de tomar decisiones por sí (entregado como está a esa impaciencia del corazón que le arrastra, frente a la adolescente, su padre, su amiga fiel Ilona, y el médico Condor). NACA100

Como sucede en ocasiones con Zweig quien se quede sólo con la historia que cuenta y su trasfondo ideológico, volteará la última página con un regusto amargo, seca la garganta, y sensación de ahogo vital. Pero a autores como Zweig hay que disfrutarlos en toda su extensión: el dominio del lenguaje, la capacidad narrativa, la facilidad para la descripción de caracteres, y sobre todo, el inmenso caudal de información sobre esa Europa de los años veinte del pasado siglo.

Si vemos a Zweig como un literato en el sentido pleno de la palabra, la lectura será gozosa y el regusto amargo se convertirá en un suspiro reconfortante.

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