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Verano a la orilla del mar acompañado por Mishima. Esta vez no fue con el Mishima delicado, poeta de mujeres, alma dulce de gustos refinados, sufre de amor y por amor, quizás por no saber hallar en el amor humano, mundano, una felicidad que sólo Dios puede ofrecer. Esta vez fue con el Mishima guerrero, el poeta viril y masculinizado, que formó, entrenó y dirigió un ejército de jóvenes a una guerra imposible de ganar: devolver al Japón que surgió de la derrota de la Segunda Guerra Mundial – envuelto y dominado en la ética protestante del triunfo, el consumo y la globalización de los sentimientos, las virtudes y los instintos – la ética tradicional de un mundo que había devenido en ruinas.

Un breve pero extraordinario ensayo en que Mishima, en capítulos cortos y directos, desgrana su íntima opinión ante valores y virtudes que estimaba tradicionales de ese Japón derruido: generosidad, prudencia, sacrificio, cortesía, masculinidad y feminidad, reciedumbre, disciplina, orden, heroísmo, sacrificio en fin hasta el holocausto personal y colectivo. Un libro donde se dibuja un Hombre que, efectivamente, como dice Évola, se mantiene en Pie en un Mundo en Ruinas. Siempre he defendido – quizás fruto de mi ignorancia o engañado por mi puro deseo – que ese Japón tradicional es muy cercano a la más genuina y tradicional moral del cristiano: la de nuestros místicos y ascetas del siglo de Oro, la del Kempis. Y este libro me ha reafirmado en la teoría. Quizás algún día merece más que unas líneas mal escritas como ahora.

¿La diferencia? Lo único que es realmente determinante: Dios mismo. En Mishima ese hombre orgulloso y recio que se mantiene “en Pie en un Mundo en Ruinas”; al final, decide quitarse la vida; pues de ese modo da sentido a su comprensión del mundo, que es un mundo en combate permanente; donde sólo la Muerte le da sentido.

Nosotros también creemos que sólo se vive si se muere; y sólo se vive Vida en Plenitud cuando uno se Muere a Sí mismo para los demás. Como lo hizo el Crucificado…porque es en la Muerte por el Sacrificio donde se halla la Vida Eterna. Mishima muere al final. Dios sabe el resultado de su juicio particular. Me gustaría verle, algún dia, en el Cielo, y sentarle junto a Lorca, y Unamuno, y Zweig. Eso pensaba cuando acabé el libro hace ya un mes y medio.

He necesitado demasiado tiempo para escribirlo.

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