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En el Reino de las Paradojas, ésta sin duda está entre las de más alta alcurnia. Amamos a España porque no nos gusta, efectivamente, porque la amamos con espíritu de perfección, como se debe amar de veras. El patriotismo se distingue del mero nacionalismo, precisamente, en el tipo de amor que se despliega entre los dos elementos en la relación.

El nacionalismo, en tanto que movimiento o expresión política surgida de la Revolución francesa, y con ella, de los movimientos liberal-burgueses del XIX, es expresión política y pública de un amor a la nación de tipo romántico (no es difícil ver que el movimiento artístico que prosiguió a la revolución francesa en Europa es el romanticismo), en que el objeto amado es tratado, precisamente, como eso, como un objeto. El nacionalismo es fruto del eros, ese tipo de amor en el que el amante se busca a sí mismo y su concreto y específico placer, despreocupándose del otro. El nacionalista ama a su nación sólo porque le satisface hacerlo y porque en ello obtiene o busca obtener una concreta ventaja personal. Por eso, el nacionalismo exalta las virtudes de la nación y oculta sus defectos, tergiversa la historia, miente y manipula porque el objeto del amor o del deseo (la nación) no puede aparecer como algo feo o gris, o incompleto, o injusto, o sucio. Así, hoy, en España, el nacionalismo del separatismo supremacista que crea mitos y falsedades (el paroxismo de decir que Colón, Cervantes o Santa Teresa de Ávila eran catalanes), tergiversa la historia (p.ej; el sentido de la Guerra de Sucesión de España y de la defensa heroica del general Villarroel de la ciudad de Barcelona), miente y manipula. La masa amorfa se hace nacionalista porque en esa Nación inventada encubre sus debilidades, cree proteger sus miedos, y consigue una fuerza que por sí misma no tiene.

Por eso el separatismo eclosiona en medio de una crisis económica y social. Los políticos nacionalistas son incapaces de enfrentar la realidad, exigirle a los ciudadanos sacrificios y asumir sus responsabilidades. En su lugar, se esconden tras la Nación inventada y se lanzan a una orgía de erotismo nacionalista, por lo demás, mediocre, que deja a esa masa informe en una permanente sensación de insatisfacción. Es lo que pasa con el sexo cuando se desliga del amor verdadero.

En cambio, el patriotismo no ve a la Nación como un objeto sino como un sujeto con vida y personalidad propia, con su historia (luces y sombras como todo lo humano), su pasado, su presente y futuro. El patriotismo es, a diferencia del nacionalismo, fruto de un amor clásico, rotundo, sincero, directo y leal: el patriota ve en su nación virtudes y defectos, y por ello busca fortalecer las virtudes y corregir los defectos, sin ocultarlos al público. El patriotismo es fruto del amor filial, de ese especial tipo de amor de perfección en el que los hermanos se corrigen las faltas mutuamente con cariño y respeto deseando por encima de todo el bien del otro. El patriota no ama a su nación porque busque su propia satisfacción y placer personal. Al contrario, el patriota sufre al ver situaciones de dolor, incomprensión o injusticia, se duele con la pobreza, el desamparo o la tristeza de sus compatriotas y sabe de las debilidades de su patria, y a pesar de ello la ama, como los padres aman a sus hijos, o se aman los hermanos, aún a sabiendas de los defectos del amado.

Pero de ese sufrimiento no surge la impostura y el engaño sino un amor de perfección y de sacrificio. El patriotismo es así, fruto también del amor de “ágape”, ese tipo de amor en que el amante se entrega y sacrifica, hasta el punto de hacerse holocausto, en favor de su nación, de sus hermanos, de sus compatriotas, comuneros. Por eso amamos España: porque no nos gusta y porque la queremos amar con el amor de un hijo y con el amor de un Dios, que se hace hombre, y muere en la Cruz. Por eso recordamos nuestras hazañas en Covadonga, las Navas, Granada, Rocroy, Lepanto, Méjico, Bailén, con canciones de añoranza y versos octosílabos, pero sabemos de nuestras derrotas en Guadalete, Trafalgar o Cuba, y ello no disminuye nuestro amor y las recordamos con iguales versos y las cantamos con habaneras.

Que sepamos que el amor filial y el amor de ágape son muy superiores al erotismo separatista que acaba, necesariamente, en supremacismo; que ello nos dé fuerza, prudencia, y valor para amar, por encima de todo amar con amor sacrificial. Cada uno en su puesto, allí donde se halle, en el seno de su familia, su universidad, su puesto de trabajo, su grupo de amigos, su escuela de baile, su centro excursionista o su equipo deportivo.

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