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Todos, absolutamente todos, lo somos. El ser humano, en tanto que humano, es un ser histórico y un ser social. No de forma separada o autónoma sino de forma natural; esto es, la persona nace y se hace en el tiempo, y nace y se hace en un determinado – o varios – lugares, uniendo sus afectos, sentimientos, convicciones, intuiciones a las de otras personas.

Incluso aquel que se dice apátrida, o ciudadano del mundo, o el que repudia su fe o rechaza su nación, se nos aparece como un ser histórico y un ser social.

La estabilidad emocional, la coherencia de vida y la fortaleza espiritual de la persona depende de cómo viva esa condición de ser social en la historia; de cómo viva la lealtad, el compromiso, la responsabilidad, la creatividad, con su pasado y con su presente y cómo proyecte ello hacia un futuro mejor, para él y para aquellos que le sucedan, pues el mundo no se acaba en uno mismo.

Sentirse, vivir, ser eslabón de una cadena es camino seguro para la afirmación personal, para ejercer con responsabilidad la propia libertad, para vivir en hermandad con vecinos, compañeros de trabajo, padres, hermanos, amigos, subordinados o jefes, clientes o proveedores.

Pero además, ser y sentirse eslabón de una cadena produce dos consecuencias inevitables: primero, uno crece en humildad: sentirse nada, un eslabón más, dentro de una cadena casi eterna, que camina hacia el futuro, y que no podemos ni tenemos derecho a romper; segundo, uno se ensoberbece hasta el extremo, pues le hace a uno sentirse importantísimo, con una relevancia trascendental, muy superior al propio Yo. La cadena que otros iniciaron y forjaron depende de uno mismo; uno mismo se hace casi infinito en unión a todos los que le precedieron; y con ello se fortalece el carácter y la voluntad.

En fin, nobleza obliga. El Catolicismo, sabio, le llama Comunión De los Santos. Nada nuevo bajo el sol, aunque hay que recordarlo de continuo.

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