Etiquetas

, , , , ,

En todo el discurso secesionista del separatismo catalán sólo he hallado una verdad: es un conflicto político, y como tal, debe ser resuelto.

Ahora bien, admito la validez de esa afirmación siempre que se acepte que la expresión “conflicto político” debe ser entendido en el sentido schmittiano; es decir, es político porque supone conflicto, combate, lucha y la existencia de un enemigo.

Los ideólogos, los partidos, las asociaciones y en general los grupos separatistas consideran al español como un enemigo, y al catalán que vive su identidad española como un traidor, y como tal, combaten a España y a sus traidores, con todos los medios a su alcance, sean o no conformes a Derecho.

El que aún no se haya dado cuenta de esta realidad – y allende el Ebro hay, y muchos que aún siguen, como decía aquel, tocando el violón – es un tonto de capirote y si ostenta capacidad de decisión y liderazgo social, es un peligro para la pervivencia de España como nación y para el mantenimiento del orden social y económico en España. El apaciguamiento es una acción ineficaz y, en realidad, si se admite que hay conflicto, el apaciguamiento es una forma como cualquier otra de rendición. Luego es una acción inaceptable.

Aceptado todo lo anterior, convendremos que lo primero que hay que hacer es conocer las reglas de enfrentamiento (reglas de juego), aceptarlas, asumirlas, y ejecutarlas con mayor precisión que el contrario.

Lo primero, por ser previo y por ser formal: la identificación de los signos de identidad propios. Del mismo modo que los viejos ejércitos desplegaban estandartes, banderas, guiones y banderines en el campo de batalla, hemos de desplegar nuestras señas de identidad: bandera e himno. Esto no es un invento personal sino una verdad histórica, y además probada: nadie, ninguna asociación, grupo, partido, sindicato o líder mesiánico al uso ha llenado las calles de Barcelona – como se hizo los días 30 de septiembre, 8 y 29 de octubre – con banderas de partido, ni invenciones de internautas ni banderas autonómicas ni de la Unión Europea: sólo la Bandera de España, desplegó al ejército en combate.

Y no hay, ahora mismo, nada que dinamite más el discurso supremacista que siga habiendo banderas de España en los balcones de toda Cataluña. Hay que intensificar, a vuelta de verano, esta exhibición de nuestros signos de identidad, y que toda Cataluña despierte una mañana, y otra también, con pegatinas, estandartes, banderas y banderines con la enseña nacional.

Los lectores que viven en Barcelona no me dejarán mentir sobre un hecho irrefutable: a medida que iban nuestros balcones poblándose de banderas nacionales, iban desapareciendo las estrelladas de la estrella ruín de cinco puntas. Habíamos ganado esa batalla.

¿Qué hizo el separatismo? Instruir a su gente: retirad las estrelladas, porque así los “unionistas” retirarán sus banderas nacionales.

¿Más pruebas? Leo hoy la instrucción dada por la alcaldesa de Barcelona de retirar de las calles todas las banderas de España.

Pues desde aquí hago una llamada general a volver a colocar las banderas de España en los balcones para celebrar, ya desde el 1 de septiembre, que hemos vuelto a casa, nuestra casa, tras el descanso veraniego, y que tenemos mucho que celebrar este otoño. El enemigo se calentará el día 11 de septiembre para buscar cierto clímax el día 1 de octubre. Nosotros tenemos mucho que celebrar, el 11 de septiembre, el 30 de septiembre, el 1 de octubre, y el día 3, y el 12 claro, y el 8 y el 29. Siempre con la única bandera que nos une y la única que nos identifica frente al enemigo común: el supremacismo de la estrella ruin de cinco puntas.

Anuncios