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Así rezaba un verso de una canción que en tiempos entonábamos alegres en campamentos juveniles. Cualquier verano, como el presente, en cualquier ciudad.

Salobreña, junto a Motril, en Granada. Precioso castillo árabe iluminado certeramente. Todas las noches me recuerda la presencia musulmana durante casi ochos siglos en este pedazo de Andalucía. De fondo, una sinfonía de luciérnagas. Olas del mar. Mar en calma. Calma chicha. La bruma tan característica de esta parte de España impide ver el horizonte. Un hombre se lanza a cantar. Mi incultura musical me impide distinguir el estilo. Pero es el canto ahogado y dolido de esta tierra de Andalucía que aún clama por su pobreza, su tierra yerma, su sol más que ardiente.

Ayer rezamos en familia en la Capilla Real de Granada, ante las tumbas de nuestros Reyes, católicos. Fernando e Isabel. Tanto monta.

No sé por qué extraña razón Andalucía me emociona. No corre sangre andaluza por mis venas, al menos, que yo sepa. Aunque sí por las de mis hijos. Y me alegra. Quizás son las lecturas de Lorca, ese grande universal que alguna izquierda sectaria ha querido robar a la mitad de España, y que durante algunos años, la otra media España renunció a disfrutar. Ese canto ahogado que parece morir en cada verso es el canto de España.

Habría que refundar la Liga de Educación Política de Ortega o algo por el estilo. Deben hacerlo jóvenes. En los jóvenes está ese espíritu fundacional preciso, certero, exacto y valiente de las católicas majestades que descansan hoy, como ayer, en Granada. Dos ideas para empezar:

– Recuperación o, en su caso, fortalecimiento de los cuerpos de funcionarios estatales como mecanismo esencial de vertebración nacional.

– La verdadera Educación para la ciudadanía debe ser Educación en la Historia de España. Habría que organizar a nivel local, provincial, regional y nacional concursos bien dotados económicamente entre jóvenes y universitarios sobre historia de España.

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