Hay una pulsión indiscutible en el ser humano: el deseo, el ansia, la necesidad de la sinceridad de los otros. La prueba más indiscutible de que la mentira, el engaño, la deslealtad o la traición constituyen actos reprobables y merecedores de castigo o, al menos, de reprobación, se halla en el alma humana. El Hombre – hombre o mujer – no soporta el engaño. Sufre con la mentira y la deslealtad. Y si no da paz, no es De Dios.

Es por eso que normalmente las personas sanas siempre se rebelan contra el engaño; esto es, no aceptan inicialmente el mismo y desean, siempre, hasta el último momento que el Otro haya sido leal, fiel, sincero. Es lo que denominamos autoengaño. Uno se engaña a sí mismo, haciéndose trampas en el juego del solitario, deseando que no sea verdad la deslealtad del otro.

Por eso la gravedad de la traición, que es delito – o pecado – grave, no sólo daña o perjudica al traidor sino especialmente al traicionado.

El Hombre, así, por instinto de supervivencia, tiene una pulsión a negar el engaño del otro y a pensar, que en último término, el Otro será bueno, fiel, transparente, sincero.

Esto, llevado a la sociología o a la política, produce efectos extraordinarios pues no es ya el hombre individual sino el hombre-masa de Ortega, el hombre desprotegido frente a la sobreinformación manipulada por los medios de comunicación, el que está inerme ante el engaño del desleal con quien no puede, realmente, compartir un momento de intimidad, mirarle a los ojos y ver dentro de su alma. Está subido a un estrado rodeado de micrófonos que encubren el engaño.

Los grupos humanos, por ser humanos, tienden a creer que sus líderes no les engañan, que son leales. Lo hacen por pura supervivencia, porque cuesta aceptar la traición y hasta el último instante se desea en el otro el arrepentimiento liberador, un acto de coherencia y de verdad.

Por ello, cuesta aceptar que una determinada estrella del ciclismo se ha dopado, o un banquero o empresario ha cometido una tropelía. Porque el hombre desea en el fondo que quien ha sido su ejemplo sea verdaderamente digno de imitar, porque no desea verse sumido en ese penoso estado del alma que supone asumir la traición del otro.

Congreso del PP: millones de españoles esperando, deseando, ansiando que todo lo sucedido en los últimos 25 años en lo que hemos venido a denominar centro-derecha no sea verdad; buscando una excusa, un motivo para creer que hay posibilidades de redención en la deslealtad a los principios y los valores. Se pone en juego la capacidad de autoengaño de una parte sensible de la sociedad española, además, golpeada sin piedad por la máquina imparable de los medios de comunicación que azuzan la idea de la regeneración.

No conviene olvidar entonces que los Partidos Políticos no son de derecho natural ni llevamos impresa en el alma la militancia o afiliación a tal o cual organización política. El autoengaño es un mecanismo del alma que sirve, y mucho, para salvar aquello que es consustancial al hombre y contribuye a la tranquilidad de su alma: la amistad de un amigo o el amor de un cónyuge. Ahí la fuerza del alma humana, todos los días, produce milagros y donde hubo desealtad o traición vuelve el Amor y la sinceridad; porque la amistad o el matrimonio no se sustentan en el Poder y el Dominio.

En la política no sirve el autoengaño; afirmación que no necesita especial prueba: volverá con más fuerza dentro de unos meses, o semanas y esos millones de españoles que ahora ansían convencerse de que no han hecho mal votando al PP, mañana caerán con más fuerza. Nada hay de malo en cambiar de partido o de asociación o club cultural.

Porque lo que está en juego no es la “fidelidad” a unas siglas o a una persona sino el amor a la Nación

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