Etiquetas

, , , ,

En ocasiones, veo libros. En ocasiones, los libros se abalanzan sobre uno reclamando la atención que no se les procura adecuadamente. Hace no más de dos semanas me sobrevino la necesidad física de leer al maestro Ortega y Gasset; esa cabeza omnicomprensiva y privilegiada que acompañó mis primeros pasos, cuando intentaba crear en mí algo parecido a una convicción, y al que durante años he tenido olvidado, voluntaria y conscientemente, a fin de acrecentar el abanico de lecturas y de opiniones.

Pero al final Ortega siempre vuelve. Y como los grandes toreros lo hace por la puerta grande. La “Deshumanización del arte”, editada por Austral en edición de bolsillo, asequible a todos los públicos, junto a otros ensayos de estética, constituye, de puro sabido, un hito en la construcción teórica de Ortega, configurando un cuerpo de doctrina sobre aquel “arte nuevo” que se anunciaba en el primer cuarto del pasado siglo, cuerpo de doctrina quizás inacabado, y no del todo perfeccionado, pues no está exento de grandes contradicciones.

OrtegaLa-Deshumanizacion-del-Arte-Ortega-y-Gasset-9788423918133 se revela, de nuevo -más allá de sus concretas opiniones -, como un gran escritor que, con pluma sobresaliente, es capaz de llevar la filosofía y la dialéctica a todos los rincones de España, un auténtico pedagogo universal, luego utilizado, maltratado, y finalmente olvidado. Su teoría sobre que el arte nuevo – en la música, en la pintura, en la poesía – es impopular porque es un arte incapaz de ser aprehendido por la masa, ha sido criticada duramente; pero no deja de ser el punto de partida para una buena tertulia.

Obviamente Ortega se nos aparece como un hombre entusiasmado por ese arte nuevo, en el que el artista no trata de dibujar o copiar la realidad vivida con la precisión del realismo o la demagogia del romanticismo decimonónico, que devino popular a fuer de azuzar los instintos de la masa, pues como señala el maestro, “la masa cocea y no entiende”; entusiasmado por la obra del artista que sale-de-sí-mismo y con un par de trazos, dos colores, varios cubos, notas perdidas, o poemas de rima asonante y métrica atrevida, sin querer adular a la masa, es capaz de expresarse de modo genuino.

Leer a Ortega es una excitación, y una incitación, a la alegría, al movimiento, al hacerse, al levantarse, al resurgir. Quizás Ortega erró en su labor profética pero sólo si se le trata como un profeta de certezas y no como un profeta de incitaciones. Termina el libro con un ensayo titulado “la verdad no es sencilla”, cuyas últimas letras son hoy, revolucionarias, una invitación muy actual:

“De todos necesitamos en la gran obra que es preciso hacer ante el mundo; sea dicho con fervor pero sin vano patriotismo: la gran obra consiste en labrar la nueva alegría española”. 

 

Anuncios