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Ya no recuerdo cuál era la llamada Ciudad Sin Ley; ni siquiera sé si tenía nombre. Recuerdo ligeramente la película. Da igual, simplemente es una excusa para adentrarnos en el tema.

La cuestión de fondo (no es que sea especialmente profunda) de las últimas semanas se dice que es: ¿existe democracia al margen de la Ley? ¿Es democracia el mero hecho de votar? Es un debate de distracción a modo de bote de humo, porque lo que de verdad se esconde es el hecho esencial de que el sustrato ideológico del secesionismo catalán es la negación de la Ley como fuente del Derecho.

El separatismo lleva años difundiendo esa convicción, que no es sino la máxima expresión de una forma radical de entender el liberalismo moral: la Ley no es fuente del Derecho, la única fuente del Derecho es la voluntad del pueblo en cada momento dado. El separatismo, además, define voluntad, define pueblo y define momento, a su discreción. Eso es jugar con las cartas marcadas.

Al no haber Ley ni reconocerse la misma como fuente del Derecho, esa “voluntad” se ha de expresar necesariamente sin procedimiento, sin forma, sin garantías, sin posibilidad de tutela judicial, de recurso o impugnación; sin definir qué o quién es el sujeto activo del derecho  (léase la brutalidad jurídica y moral del censo universal, así, a bote pronto, incluso iniciada la pantomima del 1 de octubre).

Lo del 1 de octubre ha sido su máxima expresión, pero quizás no la última. No es que el separatismo defienda que “la democracia” entendida como el capricho artificioso de la papeleta y la urna está por encima de la Ley, es que el separatismo no cree, no acepta la Ley como fuente de derechos y obligaciones, como marco de convivencia.

Para el separatismo la Ley es un obstáculo. Por eso aprueban una Ley de transitoriedad que expulsa el Estatuto de Autonomía y una Ley de referéndum, y luego voluntaria y arbitrariamente deciden no aplicar su propia Ley aprobada. Dicen que todo empezó (qué excusa más banal) por la STC que anuló casi imperceptiblemente el Estatuto de Autonomía del 2006 y su objetivo explícito es acabar con ese Estatuto de Autonomía.

Conviene repetirlo constantemente. El separatismo odia la Ley porque la Ley es expresión de un orden político y moral.

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El que no entendió esto sigue proclamando en las aulas y en los Consejos de Ministros la vigencia de Kelsen, del principio de jerarquía de las normas, y de la supremacía normativa de la Constitución; y sigue creyendo que el separatismo habla el mismo idioma y se sujetará al orden constitucional: aún alguno habrá que “no comprende” que un cuerpo policial haya desobedecido en pleno la decisión judicial del Tribunal Superior de Justicia.

Sólo el que entienda que el separatismo enterró a Kelsen y a la Ley hace ya muchos años, podrá combatir adecuadamente la perversión jurídica y moral y el relato débil del “votarem”. Escribo esto porque leo que todos quieren hablar con Puigdemont.

Les animo a que al verle le pregunten: ¿usted, Sr. Puigdemont, en qué cree? ¿qué Ley es norma de su vida? Luego, sírvanse una cerveza…y esperen.

 

 

 

 

 

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