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Acabo de acompañar a los niños a la cama. Mañana huelga general, lo cual significa que los de la estrella ruín nos marcan la agenda, otra vez, con la pasividad de un Estado (en su totalidad) que olvida que los derechos que hay que garantizar son los de los que trabajamos honradamente y cumplimos la Ley.

Empiezan las cacerolas, justo a las diez. Cinco contados, pero ruidosos, molestos, nocivos, insalubres, peligrosos. Tienen las cacerolas y sus titiriteros todas las cualidades de aquello que, desde siempre, se ha considerado nocivo para la buena vecindad, contrario a la buena fe y al orden público. Irritan y generan de forma natural una querencia a la violenta reacción: el clásico “métete la cacerola donde…”. Al final el otro aparece como el violento pero les puedo asegurar que no hay nada más violento que un desalmado con cacerola. 1865-5432d11942c5e

La cacerola es este separatismo catalán. Bajo la capa – mediática para el espíritu débil – de algo inofensivo y popular, la cacerola es molesta, perjudica nuestro sueño y la tranquilidad familiar, y crea la sensación de que son más los que golpean con saña y sin ritmo que los que arropamos con amor a nuestros hijos intentando mantenerles al margen de la triste realidad, protegiendo su inocencia.

La cacerola no es inocente. Es molesta, nociva, insalubre y peligrosa.

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