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Desde hace ya un tiempo considerable, quizás seis o siete años, tengo dos costumbres que respeto casi invariablemente en términos de literatura: la primera regla, consiste en mantener un cierto ritmo y compás en la lectura para dar armonía; esto es, combinar de forma consecutiva o, incluso, simultánea, una lectura sesuda en materia jurídica, política o filosófica, con otra menos seca y más ligera en el amplio ámbito de la novela, el cuento, el relato corto, el teatro o, incluso, la poesía, aunque menos; y una tercera lectura, para los momentos de sosiego, de carácter espiritual; la segunda regla, consiste a su vez en añadir a esta tríada un cuarto libro que leo, en voz alta, a mis hijos, en el tiempo de duermevela que precede al sueño profundo.

Esta segunda costumbre, convertida en regla por la fuerza del pueblo en armas (¿qué no son sino los niños en orden de combate en el pasillo?) que inicié con El Hobbit y la trilogía mágica de El Señor de los Anillos, la continué con El sobrino y el mago, y luego con unos Sawyer y Quijote inacabados; cuestión quizás de la inmadurez de los pequeños.

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El último trimestre uní ambas costumbres y la lectura espiritual devino lectura familiar colectiva. Sentado en el pasillo, luces apagadas, las puertas de las habitaciones abiertas, agotado – a veces rendido – del día intenso, leer a los pequeños es como un revulsivo último para soportar los últimos estertores del día. Así, primero fue la Historia de un Alma, de Santa Teresita de Lisieux y luego este Oración, camino de amor.

El autor, un fraile francés, se ha convertido durante este año 2017 en mi principal compañero de correrías espirituales, son su “Libertad interior”, su “Paz interior” y ahora este “Oración, camino de amor”, todos editados por Patmos con la clásica sobriedad, sencillez y suficiencia, pues no es libro de erudición sino de reflexión, meditación.

Fácil en su lectura y en su comprensión, la estudiada edición permite ratos de 10 o 15 minutos diarios. Suficiente para que mis hijos desconecten del mundanal ruido y conecten, lo sé, con ese otro mundo mejor que se nos tiene preparado.

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