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Zweig se ha metido en mi vida a golpes y sorpresas. Y se ha metido, como Jesús en la boda de aquellos amigos suyos en Caná, casi sin quererlo, y dejando lo mejor para el final. Quienes siguen este blog saben que son varios ya los relatos y novelas del autor austríaco que he traído en los últimos años, todos ellos llenos de una claridad expositiva, de una belleza en el lenguaje, y en los temas, de ese ritmo que sólo tienen los escritores geniales, que llevan música dentro.

Hoy traigo aquí El Mundo de Ayer, esa especie de autobiografía parcial que – cuenta la historia – Zweig escribió en su exilio de la Alemania nacionalsocialista, con sólo su pluma y su melancolía, sin libros y apuntes escritos a los que acudir en caso de duda, haciendo con ello gala de una más que prodigiosa memoria, y de una cultura enciclopédica; en una breve historia de Europa desde la Prusia de Bismarck hasta la Alemania de la blitzkrieg.

En este testamento vital a media vida Zweig se nos muestra como un gran patriota, un hombre que sabe entender su idea de Patria, como unidad, dentro de la necesaria comunidad de los pueblos europeos, se nos aparece como un hombre con vocación renacentista, en lo que tiene de polifacético, por su no escondido amor por la música clásica, Wagner y Strauss; así como por la pintura; pero sobre todo, se nos entrega como una de las ultimas muestras del genio europeo: un hombre de letras, que no de armas, de arte y cultura, que se reconoce europeo, unido indisolublemente a Alemania, Rusia, Francia, Italia o España por una invisible cadena de lazos de amor y de guerra, de campanarios y altares, de poemas inmortales y ritmos filarmónicos, y precisamente por europeo, muy austriaco, y muy germano.descarga.jpeg

Es uno de los últimos especímenes de la Civilización europea, antes de que la misma fuera aniquilada por el nacionalismo egoísta y la democracia de masas, de esas masas azuzadas en su resentimiento de clase; y que son utilizadas por una nueva clase emergente exenta de formación y educación – los políticos – para mantener una artificiosa tensión social y un constante enfrentamiento entre nacionales, que les lleva al odio, a la división, a la disensión, y, en fin, al enfrentamiento fratricida: Zweig ve claro que las llamadas guerras mundiales no son sino guerras civiles de una Europa liberal burguesa que se desangraba internamente: rechazo a la cultura clásica, oscurecimiento de lo superior que une a los miembros del cuerpo histórico, aparición de ideologías extrañas al sentir europeo, cobardía de las clases dirigentes, advenimiento de líderes carismáticos y masas enfurecidas por el resentimiento de clase, proclamación de dogmas relativos como la soberanía de la mayoría y la supremacía de lo nacional en tanto que particular sobre lo europeo por universal. Su acendrado amor por la libertad individual se deshacía ante los “ismos” tuteladores e idiotizantes, tiránicos y asesinos, en fin.

Tras Zweig y sus compañeros de correrías intelectuales sólo quedó la Comunidad Económica Europea, la Copa de Europa de Futbol, las variadas especies de espectáculos de masas (conciertos de rock, la Fórmula 1,…) y el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Las élites intelectuales desaparecieron y los que apuntaban maneras acababan al servicio de un Partido o trabajando para un lobby, alto mando encubierto del ejército de plumillas, redactores, tertulianos y columnistas que hoy nos invaden con sus “ideas rigurosas” y sus “sesudos análisis”.

Termino de leer el Mundo de Ayer y, como casi siempre, me queda ese repiquetear de campanas: “¿y tú que haces para cambiar esto?”.

 

 

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