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“Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado”. Con esta sentencia cierra Fitzgerald está fantástica novela corta que, al decir de la crítica, constituye un retrato de al Jazz Age, esa generación de americanos que vivió a todo trapo, engreída de sí misma, vacía, huera, preocupada sólo en el dinero y ocupada en la apariencia, esa generación que fue del Oeste al Este, arremolinada en Chicago o en Nueva York, la misma generación que años más tarde bebió los amargos jugos de las Uvas de la Ira, y emprendió su camino de vuelta, del Este al Oeste ¡Pareciera que son dos entregas de una misma saga! Dos caras de la moneda capitalista. 

Hacía años que no disfrutaba con esa pléyade de autores norteamericanos de inicios del sigo XX, que conocí, ¡como tantas otras cosas!, tan tarde. Este Gatsby llegó a mí, sin quererlo ni buscarlo, el día antes de empezar el descanso veraniego, tras brutal incursión en una gran librería en búsqueda de lecturas infantiles para mis hijos. Lo confieso. Reconozco mi debilidad. Imposible entrar en librería y salir vacío de manos. Sería como salir vacío de alma.

Extraordinaria novela. Obra maestra. Se percibe en la primera hora de lectura. Repleta de ironías, juegos malabares, constantes idas y venidas en el devenir de una historia, la del gran Gatsby, ejemplo de ese self made man, sin muchos escrúpulos, que se “reinventa” cada día en la soledad de la muchedumbre. Una historia normal sin héroes ni villanos, que te deja un mal regusto moral pues la virtud no resplandece, pero que es fuente de meditación y reflexión sobre ese way of life americano que se nos ha metido hasta el tuétano de nuestro renqueante esqueleto moral.

No he estado en Chicago, ni en Nueva York, ni en el Long Island de inicios del pasado siglo, pero esa punta de lanza del imperio norteamericano que ha sido el cine y la televisión me permiten, como permitirán a cualquier lector, esperar al protagonista en la puerta del Plaza, o cruzar Central Park; casi como si se nos hablara de la Gran Vía, la Castellana o la Diagonal.

Imprescindible en toda buena biblioteca. Y apto para todos los públicos. Buena lectura!

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