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Avignon. Un pequeño hotel remetido en un viejo edificio. Cuarta plan sin ascensor; en una caracoleante escalera que agranda los escalones a medida que se alza del suelo. Dos habitaciones por planta. El sol de la mañana golpea con fuerza en esta parte de Francia, que es muy romana y muy mediterránea, vamos, que es muy española y muy universal. Salgo a correr por la muralla. El Ródano, gigantesca masa de agua en calma. El sol, naciente y doliente, alumbra las torres más altas del Palacio. Es la misma luz que emocionó a Van Gogh, y a Renoir; el mismo sol de Sorolla, en cambio.

Al caer la tarde, paseo por la Rue de la Republique. Avignon rezuma. Pequeños artistas salen a la calle. Dibujantes, galeristas, guitarristas, cantantes, danzarines, hasta dos negros de Harlem que bailan claqué.  El paseo principal se desborda de gente. Las terrazas llenas de turistas – la mayor parte franceses – que mantienen conversaciones calladas al calor de una cerveza bien fría. El sol va decayendo pero ilumina ahora toda la fachada principal del Palais des Papes.

IMG_1139También la luz ilumina la Cruz, y bajo la cruz, el discípulo joven y fiel. La torre de la Catedral coronada por el Corazón Inmaculado de María. El conjunto resulta realmente impresionante y es un resumen muy pedagógico de nuestra fe y nuestro modo de vida; que es como decir de nuestros amores. Es la Francia católica; la Francia de Clodoveo, de Juana de Arco, de San Martín de Tours, de la Vendée, la Francia de Santa Teresita, de Lourdes y del Santo Cura de Ars. La Francia auténtica que se desangró de muerte real en la muy tolerante, fraterna, igualitaria y libertaria revolución jacobina. De aquellos polvos..

Avignon de noche es una ciudad que se muere de fiesta. En una antigua y desacralizada iglesia románica medieval, desamortizada y requisada por la tolerante, igualitaria y fraterna revolución jacobina, mi alma y yo, presenciamos un espectáculo de cante y baile flamenco realmente extraordinario. “¡Avignon es Europa!”, grito. Mil quinientos años de Europa nos miran desde la bóveda. Y allí, en el escenario, veo a Lorca que se muere desgarrado, en sudor y sangre. Propongo batirme en duelo frente a quien diga que no somos Europa. Europa es nosotros.

La guitarra, muy española y muy europea, cierra la velada. Caminamos de vuelta al hotel, con el corazón encogido. Mi alma y yo. ¡Europa, Europa!

Esta Europa que se hizo en Avignon es una Europa de juglares, de guerreros, de pintores y músicos, escultores y poetas, una Europa de mercaderes,  de santos; de juglares pobres, de guerreros pobres, de mercaderes pobres, de santos muy pobres.

He conocido y recordado la Francia católica y me gusta más que la de la tolerante, libertaria, igualitaria y guillotinesca revolución. De Maistre se abraza a Donoso ante la mirada triste de Tolstoi. Los tres magníficos (Chesterton, C.S.Lewis y Tolkien) sonríen.

Y yo miro, y me siento feliz, nada puede mejorar estos días. Unido a mi alma. Como siempre, me lleno de buenos propósitos. Amar, amar, amar.

 

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