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Dos ojos abiertos al mundo. Palacio de los Papas, de Avignon. Europa misma labrada en piedra. Construido a partir de 1335 en menos de veinte años, es principalmente la obra de dos Papas constructores, Benedicto XII y su sucesor Clemente VI, y configura el mayor monumento gótico de Europa en superficie de planta. Mis primeras impresiones al ver el Palacio…quien no ha estado en Avignon no puede hablar de Europa. Europa se amasó tras las murallas de esta ciudad, rodeada por el Ródano, ciudad de artes y letras, espadas y cruces.

Mea culpa porque me he pasado más de veinte años hablando de Europa sin haber visitado Aviñón. El Palacio, verdadera fortaleza de Góndor, se me apareció como la expresión más pura del esplendor de la Iglesia en Occidente. Más que un Palacio, a pesar de la denominación, es un enorme conjunto arquitectónico donde se unen el Cielo y la Tierra: palacio, fortaleza y catedral. Un lugar donde efectivamente uno imagina al Santo Padre, mitad monje y mitad soldado, como noble entre nobles, primus inter pares, combatiendo hoy a favor, mañana en contra, del Rey de esa Francia que en Poitiers inició lo que en Granada terminaron los Católicos Reyes de España.

San Pedro del Vaticano y su Renacimiento y su Barroco no hubieran podido ser sin este austero y gótico Palais des Papes. Papas, los de Avignon, obispos de Roma sin Roma, pero más universales que nunca. Mientras hace unos días paseaba por sus empedradas calles y fotografiaba esta maravillosa escena de ese colosal patio interior pensé: cuando Schmitt escribe su “catolicismo romano y forma política”, debía pensar en los papas de Avignon, sin duda.

Obliga a releer a Schmitt imaginando al Papa defendiendo la Cristiandad desde la torre principal o caminando absorto en este patio contemplando las maravillas De Dios.

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