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La pobreza cultural de uno mismo es directamente proporcional a la inabarcable grandeza del Hombre para crear Cultura. En lo que aquí afecta, cultura literaria. ¡Son tantos los autores geniales que uno ha dejado pasar en su adolescencia…que resulta imposible llevar la cuenta! Aunque quizás podría pensarse que Dios esperó a que dejara de creerme un adulto cumplidor y responsable y me viera humildemente como lo que soy (un niño pequeño agitado y perezoso) para regalarme la posibilidad de descubrir, ya talludito, a ese parnaso inglés de las letras de finales del XIX y primera mitad del pasado siglo: de Chesterton a Tolkien pasando por C.S.Lewis, el último en traer aquí.

Seguro que a Jack, como se conocía a C.S.Lewis, compañero de club literario del creador del Hobbit, no le importaría que sus Digory, Polly, y Tío Andrew hayan sustituido a Frodo, Legolas o Aragorn en las aventuras de duermevela de mis hijos. 

Como otrora con el Hobbit -tiempos en que mi voz aguda emocionada a veces cansada ultrapasaba en notas y confidencias los límites del pequeño cuarto de lectura -, ahora la oración de la noche ha sido acompañada de la lectura coral de este El sobrino del mago, primer libro de la saga de Las Crónicas de Narnia, famosa por aquello de haber sido llevados al cine algunos de los libros posteriores.

Una sorpresa conocer el origen del armario ropero y de la bruja del Norte, y por qué Narnia llama a los hombres Hijos de Adán. Una novela corta, de corte medievalista, que bebe de los ensueños, de la metáfora Cristiana y de una filosofía que podríamos simplemente llamar humanista, en lo que tiene de respeto al hombre, a su dignidad y a su trascendencia. 

Con razón es considerado un autor cristiano. Sin dificultad vemos en la canción creadora de Aslan, ese Logos, que es Palabra, y Verbo y que era en el Principio. 

Viva Narnia! Vivan las lecturas y las confidencias! Y vivan los ratos de ensoñación y duermevela…!

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