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Ayer tuve una agradable conversación, bajo el calor de una buena copa de vino de Rioja, sobre el 557. Llovía intenso en Barcelona. Día desapacible, de ésos que no animan a salir de casa. De ésos, sin embargo, en que obligaciones ineludibles no te permiten no salir de casa.

20130602-222442.jpgEs bueno salir de casa. Porque es bueno salir de uno mismo para ser uno mismo fuera de casa. En Cope escuchaba a Colmenarejo y sus colaboradores cómo relataban la fascinación que para los matemáticos  siguen teniendo los números primos. Cenando salió en la conversación el 557.

A mí, como no soy matemático, sino jurista – perdón por la expresión – me fascina lo del número primo, y cómo tras cientos de años en que las mentes más capaces buscan una suerte de relación entre unos y otros siguen sin hallar la misma, pero me fascina mucho más que el 557 es el resultado de una serie ininterrumpida de números primos que cabalga hacia el infinito, y a la vez resultado de una serie ininterrumpida de números impares que corre hacia el infinito, y más aún, una serie ininterrumpida de números enteros que pretende alcanzar el infinito.

Me detengo en el 557. Un número bello. Primo en sí mismo. Y combinación de números primos. Número entero, y número impar.

Pero como jurista y observador de la realidad no me interesa tanto el número en sí, ni hallar la forma de resolver el problema de su eventual aleatoriedad.

Lo que más me entusiasma es que ese 557 es un número de una serie. Una serie con pasado a la que debe rendir tributo y lealtad, una serie con presente que le exige la responsabilidad de ejercer bien como número 557 y una serie con futuro, que le exige transmitir al siguiente número de la serie una herencia y un proyecto, una ilusión y un objetivo: alcanzar el infinito.

El 557 pode20130823-182437.jpgmos ser tú y yo. Nosotros. Debemos ser un buen 557 y transmitir al siguiente número de la serie nuestro Amor y nuestro compromiso y lealtad. ¡Y qué importa si de repente en la serie se cuela un número par o un decimal! Da igual! Esforcémonos por ser nosotros números impares o enteros, o primos.

Porque no es hacer el primo sentirse miembro de la serie. El número es importante en sí, pero alcanza la trascendencia al sentirse y ejercer como eslabón de una cadena que camina hacia el infinito.

Y ya se sabe que infinito sólo es Dios.

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