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Sí, sin venir a cuento, os cuento, amigos, mis lecturas del verano. Hace ya tanto tiempo! Cualquier día resulta bueno para llenarse de buenos recuerdos, que uno está ya hastiado del argumentario oficial de la prensa escrita, hablada y consensuada. Cansado de discusiones bizantinas, y de juegos de artificio electoral, de eso que llamamos el día a día, y seguir tirando, que es la forma más humillante de vivir individual y colectivamente. Sólo los individuos crecen si miran hacia afuera; sólo las naciones se hacen fuertes si abren la ventana y dejan de mirar la chimenea del hogar, que es el ombligo colectivo.

Este verano salí de casa con las manos en los bolsillos, y acompañado sólo del ipad, que es como decir acompañado de nada, pues tengo para mí que el ipad es uno de esos inventos que compran los padres para disfrute de los hijos, lo cual, de por sí, es una cosa buena.

Como ya escribí en su momento, los primeros días de asueto playero me hice acompañar de la última encíclica del Santo Padre, que me resultó reconfortante pues actualiza a su estilo asuntos de capital interés en el seno de la Iglesia, y una doctrina profunda y de gran cosecha, cual es la Doctrina Social de la Iglesia, que algunos, muchos, me parece quieren olvidar: el valor de la dignidad humana, el respeto a la propiedad privada en la convicción de que no somos auténticamente propietarios sino administradores o usufructuarios con deber de entrega a las futuras generaciones, la crítica a la globalización en cuanto tiene de subversión de los valores, tradiciones e identidades. descarga (1)

Sin embargo, a medio descanso vacacional, me sobrevino la fiebre lectora, y por una causalidad cuyo origen desconozco, acabé inundado de literatura rusa. Hace años me di un festín de novela norteamericana, luego me entregué a brazos de Mishima, y en fin, este verano, literatura rusa: el Jugador, de Dostoyevski; el Archipiélago Gulag de Solzhenytsin y finalmente los cosacos de Tolstoi.  Una tríada potente.

Y no viene mal, en verdad, hacerse ruso durante un tiempo, cuando uno se pasa todo el día viviendo como un useño; feliz término empleado para designar al otrora estadounidense – largo- ; yankee – parcial; o simplemente norteamericano – erróneo.

Sin venir a cuento….me miran en la estantería los Cuentos de Chèjov…abramos la ventana…y salgamos de nosotros mismos.

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