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Como me sucede casi siempre, lo primero es pedir perdón. Pido perdón a mi pasado…arruiné sin duda muchas tardes de mi adolescencia entregado a juegos intrascendentes…y no leí este extraordinario relato. Creo que cuando uno lee una obra maestra tan de adulto, como yo, debe pedir perdón, al entero Parnaso, y arreciar en golpes de pecho suplicando la misericordia de Dios.

Como siempre, no espere el lector de mí un resumen; sólo habrá inútiles divagaciones. Podría el libro haberse titulado Alexei Ivanóvich, el nombre del protagonista indiscutible, dicen las críticas al uso, alter ego de la personalidad del autor. En realidad, no me interesó tanto la historia principal que trata de la adicción al juego – la ruleta, claro, rusa – sino de la hermosa historia de amor del protagonista con Polina, y de la inquietante presencia del sr. Astley, inglés.

Podría hablar de la perfección de Dostoyevski en la descripción de sus personajes (del alma de los mismos) o de la sorprendente sinceridad con que el autor encasilla a los personajes por razón de su nacionalidad y de su origen, en una especie de determinismo nacionalista, y de su crítica mordaz a lo ruso; pero sobre eso ya se ha escrito mucho.

Me interesa la historia de amor. Un amor que se ve truncado porque en el momento decisivo, cede. El amor, para ser Amor, no requiere de dos. El amor, para ser Amor, no requiere de contraprestación. El amor, para ser Amor, no requiere de contraste ni satisfacción (hoy, diríamos, de retorno de la inversión). El amor, para ser Amor, requiere sólo una cosa: morir en el amor. Dejar de ser uno, para ser el otro. Dejar de ser uno para ser otro en el otro. Dejar de ser uno para ser más en el otro y con el otro.

Victor Frankl, en obra que traje aquí hace ya unos años, hablaba la de la redención en el amor, y por el amor, de que el verdadero sentido de la vida se halla en el amor, que es darse. Pero en realidad, sin dejar de ser cierto, la novela de Dostoyevski nos demuestra que no sólo es eso: que amar supone no buscarse a uno mismo pues hasta el darse al otro puede llegar a ser una forma 253607de complacencia personal. Amar supone entregar a uno mismo, dejar de ser dueño, y darse al otro en sentido real, en sentido jurídico pleno.

El Jugador no es capaz de eso. Ama locamente, siente, se apasiona, dispuesto estaría a dar la vida por Polina, y cuando uno lee la historia, le cree dispuesto al sacrificio. Pero no puede amar de verdad, porque ello supondría entregar-a-sí-mismo; esto  es, dejar de ser. Dostoyevski lo sabía y por eso no le da satisfacción.

El Jugador pierde la gran partida.

Terminé la lectura del Jugador, como es costumbre, mirando al Mar, que él sí sabe amar, pues al llegar a la playa, se deshace y consume, y se deja atrapar, convirtiéndose en una sola cosa con la arena.

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