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Mi reflexión de hoy la motiva mi buen amigo Vicente, místico del Derecho, asceta de cigarrillo y cocacola; gran penalista, hombre inteligente donde los haya, y buena persona. Lo mejor que se puede decir de Vicente es que no va donde va la gente, sino donde le marcan sus convicciones. Hace unos meses escribió mi amigo un artículo jurídico de gran calado y difusión negando que el Estado fuese una especie de aseguradora universal. Firmo punto por punto sus letras. No sabría yo hacerlo mejor. Responde su reflexión al principio de Pero Grullo: zapatero a tus zapatos, o lo que es lo mismo, a cada uno lo suyo, o que cada palo aguante su vela. El Estado nunca puede ni debe ser el garante de todo riesgo o incertidumbre, pues eso sería eludir la realidad de las cosas: que en el mundo hay dolor, y libertad, y responsabilidad, y va en contra de la naturaleza de las cosas que cubrir un riesgo: la Vida misma, que es sólo nuestra, del que la vive, intensamente, y se la come cada mañana.

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Sin embargo, me siento en la necesidad de alertar a quienes en nuestras filas braman contra el Estado hasta el punto de incurrir en auténticas canalladas. Aclaraciones: nuestras filas son las de los hombres (y mujeres, diría hoy el castizo amanerado) que creen en el Hombre, la Familia, la Verdad, la Belleza, el Arte clásico y la música española de los 80.

Hasta que el ser humano no sea capaz de dar con una organización social más adecuada y compleja, el Estado, como construcción político-jurídica constituye a mi entender un elemento a defender, promover, difundir y mejorar. Si el Estado actual no funciona, es caro, ineficiente, cobarde, desleal, lento, o injusto, o si el Estado actual sirve a los intereses de grupo o de una parte, hemos de combatir esa injusticia, y luchar por mejorar el Estado, pero no podemos caer en la fácil crítica propia del liberalismo.

Obvio hay que aclarar que con estas líneas no pretendo – ni de lejos – la defensa del Estado actual en España, que por desgracia, ni es social, ni es democrático ni responde a las más elementales exigencias del Imperio de la Ley.

El Estado es (entiéndase debe ser) la garantía esencial de nuestros derechos y libertades, y es la garantía primera de nuestra misma condición humana. El Estado, bien entendido y ejecutado, constituye una forma de organización que responde a una visión humanista de la vida, que no antropocéntrica, pues aparece como una institución al servicio del Hombre. Las doctrinas liberales han rechazado al Estado, en mayor o menor medida, porque en su visión individualista del ser humano el Estado aparece como una especie de contradictor sempiterno del hombre que se hace a sí mismo, al margen del mundo que le rodea, institucionalizando el egoísmo y la vanidad. Las doctrinas marxistas en lugar de rechazar el Estado, lo pusieron al servicio de su proletariada dictadura, y en esa impropia utilización del Estado disiento intelectualmente de cualquier construcción totalitaria, como el fascismo que sublimó al Estado a categoría divina, algo por otra parte muy pagano y muy romano.

Quienes creemos en un hombre digno en si mismo, imago Dei, un hombre que se hace en familia y se dignifica en el trabajo y la colaboración social mutua en orden a alcanzar en ésta o en otra vida fines que le trascienden, en un hombre que se sabe heredero y depositario, dueño y usufructuario de la realidad que le circunda, un hombre que se sabe al servicio de la comunidad, hemos de creer en la necesidad de un Estado fuerte que defienda su dignidad, garantice su libertad, proteja la familia, le ayude para obtener trabajo, promueva mecanismos de colaboración social y, en fin, sirva para que el ser humano pueda desarrollarse en toda su integridad y alcanzar esos fines que le trascienden. En fin, el Estado trascendente.

Frente al Estado liberal, que no sirve al hombre sino a los intereses del poder económico, y que se opone al hombre; frente al Estado totalitario, que le sustituye, frente al Estado marxista, que le aniquila, frente al Estado del Bienestar, que le adormece, le narcotiza y le traiciona, proclamo la necesidad ineludible del Estado trascendente. Nota al margen para críticos avezados: claro es que los modelos nunca son perfectos y que el Estado actual tiene un poco de totalitario y marxista, un mucho de liberal, y un plus de Bienestar, que es contrario al Bienser.

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