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Como todos los veranos, me acurruco en el lugar más incómodo de la casa con mis libros y mis pensamientos, que son uno, y me refugio en el golpeteo del Mar contra la Tierra. Me sigue abrumando esa constancia del agua arremetiendo contra la playa. Ora acariciándola, ora hiriéndola.

Intimidades. Soy hombre de radio. Mis recuerdos de la infancia no son de un patio de Sevilla, como los del maestro Machado. Mis infancia son recuerdos de un barbero llamado Rafael. El olor a colonia a granel, gomina, y masaje de afeitar de alguna marca americana, que para eso hicimos el Tratado y nos trajeron chiclets, y tabaco rubio, y cine, y electrodomésticos, y bases militares, y al final, fondos buitre, invade mi memoria remota. Paulov podría hacer miles de ensayos con mi olfato. Un local en un pasaje de uno de esos barrios de crecimiento de Barcelona, que es como decir barrios de emigrantes andaluces, aragoneses y gallegos, plazas de cemento y votante socialista con casas regaladas por el régimen franquista, de parroquia fea en una nave sin campanario y sin Cruz doliente, de cura viejo que sobrevivió al Concilio sin ayuda de nadie porque el Obispo estaba ya en aquellos tiempos por aquello de la construcción nacional, que es la destrucción nacional.

grAJt7DRecuerdo a Rafael con su bata azul que olía a humanidad, con su peine, su navaja y sus tijeras en el bolsillo superior izquierdo; pelo blanco y ondulado, no muy alto, de manos ágiles, fumando tabaco negro mientras arreaba a diestro y siniestro con sus útiles de trabajo. Lamento no recordar las marcas…supongo que todas ellas cayeron por el camino en la crisis del 92, o en ésta que aún nos ocupa: bienvenido Mr. Marshall, y el capitalismo con sus cíclicas crisis de quiebras y negocios suculentos.

Recuerdo la barbería, pared medianera con el viejo colegio de mi abuelo, que se dejó la vida educando a generaciones enteras de jóvenes, sacándoles de la miseria intelectual y de su condena al más vil analfabetismo, que empeñó su vida y su patrimonio entero en la educación de sus compatriotas, compatriotas que día tras día votaban sin embargo a los que acabaron por privarles de la libertad de educación; pero dejémoslo para otra entrada, pues mi abuelo bien merece un ensayo o un libro, o una enciclopedia entera, pues mi Abuelo son todos los abuelos que de esta España hicieron con esfuerzo y amor patrio una Nación de hombres libres y dignos, para que sus hijos y nietos pisotearan su memoria y su tradición y la convirtieran con tolerancia y consenso en un Estado de ciudadanos amedrentados y egoístas.

Recuerdo la barbería de Rafael, que estaba bajo rasante, unos escalones por debajo del nivel de la calle, sin evacuación de humos ni control sanitario. Pero por encima de los olores, recuerdo la vieja radio de Rafael tronando a cualquier hora del día. Corrían los primeros años 80. La izquierda llamaba a la rebelión y los jóvenes se rebelaron echándose en manos de la heroína, que dejó el barrio hecho unos zorros. Es lo que pasa cuando los hombres deciden ser simples ciudadanos.

La radio de Rafael: ahí escuché radionovelas, mientras Rafael la emprendía con mi cabeza con su habanos perfectamente enganchado al labio inferior, y a la vez departía con cualquier trabajador oliente y doliente que estaba a la espera; y por las tardes, al salir del colegio, oía a Encarna Sánchez sin saber quién era, y los primeros noticieros. Era una radio tan potente, que la tengo ahora en mis oídos. Otra vez Paulov haciendo de las suyas.

Despierto de la ensoñación. A mi lugar de veraneo acudo con mi ya viejo aparato de radio. Llevo diez días intentando sintonizar algo que no huela a la antiEspaña. No puedo. Estoy a menos de 90 kilómetros de Barcelona, y a un golpe de pedal de Tarragona, y no puedo escuchar la Cope, ni Onda Cero, a duras penas la Ser (que me suena a la antiEspaña), ni Radio Marca, ni siquiera Radio Nacional de España. Sólo cadenas de música narcotizante y emisoras al servicio de la estrella ruín. Así difícilmente puede hacerse una nación de hombres dignos y libres. Si algún lector de este humilde blog tiene el mail del Presidente del Gobierno de la Nación o de su jefe de Gabinete, ruego le haga llegar este mensaje, en una botella que lanzo a la mar mediterránea: “SOS. Libertad!”

Por eso, he decidido apagar la radio y viajar con Rafael a su vieja barbería de aquel barrio de mi Barcelona natal. Rafael era dueño de sus medios de producción, y dueño de su lengua y de su chisme, fumaba mientras trabajaba y trabajaba mientras fumaba. Hace tiempo que no voy al peluquero pues Dios me ha dado la gracia de ser calvo, como mis hijos me recuerdan día sí día también, pero en las peluquerías donde van mis hijos, nadie es dueño de nada, todos son asalariados de su propia miseria, hablan por Decreto una lengua que no es la de su madre, y desconocen el arte de afeitar y fumar Habanos. Nadie es dueño de nada, salvo el titular de los derechos de franquicia, que ni siquiera sabe que todo se lo debe a que Franco un día decidió que los españoles tenían que comer chicle y afeitarse con maquinilla para poder tener un puesto en esa ONU que hoy planifica la destrucción demográfica del mundo.

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