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Aun cuando los manuales de Derecho – y así se explica en las universidades -sostienen que la máxima o aforismo, convertida en norma jurídica, de que “la ignorancia de las leyes no exime de su cumplimiento” se sustenta en los principios de certeza y de seguridad jurídica y de publicidad de las normas, ejerzo mi derecho a disentir. El derecho a disentir es eso que la izquierda ejercita cuando no tiene el poder y que prohibe o limita hasta la ineficacia, cuando detenta el mismo.

Creo que el principio de que la ignorancia de las leyes no exime de su cumplimiento sólo puede fundarse en el reconocimiento explícito de la existencia de un Derecho natural, ínsito en la consciencia del ser humano.

Debemos calificar de tiránico al estado de cosas que exige del ciudadano el conocimiento cierto y seguro de cientos de miles de normas jurídicas, de diverso rango, contradictorias entre sí, suspendidas, parcialmente derogadas unas, tácitamente otras; ese estado de cosas que exige al ciudadano el cumplimiento de la Ley mientras permite a las instituciones el incumplimiento cierto y seguro de otras muchas normas.

Es obsceno el espectáculo de supuestos servidores públicos que públicamente afirman que no van a cumplir tal o cual norma por la única razón de que no les gusta, o no conviene a sus prejuicios de partido, de clase, de casta, o de la internacional de las ideas a la que sirven.

Y como me niego a aceptar que vivo en un estado de cosas tiránico y obsceno, no me queda otra que disentir. Como no es exigible a cualquier ciudadano un conocimiento cierto y seguro del complejo entramado normativo español – basta ejercer en el foro para saber que ni siquiera jueces, magistrados, fiscales o abogados hacen gala de ese conocimiento -, y como la vigencia y eficacia de la norma deben salvaguardarse, entiendo que la solución pasa por descubrir el verdadero sentido de dicha norma: la ignorancia del derecho natural no exime de su cumplimiento.

Al ciudadano le es exigible – y por tanto no puede aducir ignorancia – el conocimiento de las normas que emanan de la justicia y de la recta conciencia: no matar, no robar, no blasfemar, no calumniar, respetar la vida íntima del vecino, respetar la familia, y la consciencia religiosa del compatriota, defender el Bien Común sobre el individual, amar, reír, sonreír. Eso es exigible.

Nuestro estado de cosas avanza a pasos agigantados hacia una gran tiranía de la mayoría representada, fundamentalmente como consecuencia de la cobardía de unos pocos, y de la defensa del voto útil de unos muchos, unida a la maldad diabólica de unos cuantos que parecen alcanzar el poder: en esta nuestra España democrática al parecer hay ya amplios espacios de la cultura, la opinión, y las ideas, que son objeto de persecución cuando no de instrucción penal.

Ahora al parecer cuando un profesor explique en clase la sexualidad humana o caballar, deberá hacerlo junto a un abogado, no sea que llegue la Inspección educativa o un alumno delator, y sea llevado al Gran Tribunal de la Igualdad de Género y apedreado en plaza pública, o marcado quizás con un lazo en el brazo, o con una marca en la frente, o con pintadas en la puerta de su casa. Lo políticamente correcto se ha convertido ya en lo políticamente abyecto (moralmente ya lo era en muchas ocasiones): no cabe la disidencia. Absténgase de hablar de sexualidad, de reproducción y de amor entre hombre y mujer. Detrás de cada ventana, o junto a usted en el restaurante de moda mientras cena con amigos, habrá un reputado y asqueroso delator que le llevará ante el Gran Tribunal. Corderos manipulados y controlados 333

Será juzgado, obviamente, por sujetos políticamente irreprochables, elevados al cargo por un escrupuloso juego de mayorías y votos de los partidos, sujetos que no le verán como un expedientado, o un acusado, sino como un ser-que-debe-ser-aniquilado.

No sé donde leí que la democracia no es un sistema nacido para preservar la mayoría sino para preservar el derecho a la disidencia de la minoría.

Quien tenga oídos que oiga. Pero reitero: no es posible exigir al ciudadano que cumpla leyes que no conoce, y menos aún leyes que van en contra de la teoría de la gravedad.

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