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Me cuentan que un politólogo amateur hizo esta pregunta a varios candidatos en las pasadas elecciones.

La respuesta fue esclarecedora, dramática, escalofriante, abracadabrante en realidad.

Dos de los candidatos, cuyo nombre no citaré por respeto a ellos, y a mi fuente, que las fuentes no pueden ahogarse ni traicionarse, porque son raíz de la vida, no supieron responder. Desde las posiciones liberales y centroreformistas no se puede amar sinceramente nada. Y cuando decimos amar decimos entregarse. La entrega no es de algo concreto sino de uno mismo. Amar es darse. Lo sabemos porque en Málaga la Legión pasea al Amor más Perfecto y Hermoso y le rinde honores; al que nos enseñó a darnos, entregarnos, amar. El liberal no ama, el liberal razona y cree en sus implacables leyes del mercado y de la mayoría. Pero no se puede amar al mercado bajo riesgo de caer ingresado en un loquero ni se puede amar a la mayoría, porque el objeto de amor tiene que ser algo real, verdadero, permanente. Por eso amar lo eterno es lo más en cosa de amores.

  Otros dos candidatos, cuyo nombre prefiero obviar por los mismos motivos señalados y por muchos más, respondieron en lengua oficial y no común, y empezaron a hablar sin fin y sin venir a cuento de muchísimas cosas que según ellos eran objeto de su amor, si bien todo lo que decían amar era en realidad el contrapeso de sus odios. No es dado decir que se ama algo porque se odia al vecino. Lo contrario de amar no es odiar. Lo contrario del amor es el onanismo intelectual. Es el ensimismamiento. Es peligroso el hombre que no se define por sus amores sino por sus odios, rechazos y antis. El que construye desde el “anti” obtiene resultados más rápidos pero indefectiblemente está condenado al fracaso. 

Otros dos candidatos respondieron simplemente que ellos no amaban porque el amor era un engaño burgués. Ellos simplemente deseaban cosas y sobre todo deseaban que desapareciera el deseo y el amor, porque ambos eran fruto del capitalismo y la iglesia. El entrevistador concluyó abrumado y antes de emborracharse para poder sobrevivir al esfuerzo de soportar la exhuberante retahíla de idioteces, leyó un par de veces la “Oda al Santísimo Sacramento del Altar” de García Lorca, que es como un bálsamo que recomiendo contra las sandeces, el partidismo y el odio sectario.

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