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Se ha dicho, y con razón, que quien es fiel en lo poco es fiel en la mucho. Y que la heroicidad que se pide al católico no es la del martirio -aunque hay que contemplarlo como una posibilidad cada vez menos remota-sino la de las cosas pequeñas: el gesto cortés, una sonrisa, un por favor, el orden en las cosas,…

En lo político, pasa lo mismo. No podemos desear y aspirar a una vida más espiritual y estar todo el día hablando de estadísticas y tipos de interés, no podemos criticar del contrario su visión materialista del mundo y arrearle como argumento que bajaríamos los impuestos porque ello nos hace más espirituales. 

Bajar los impuestos es una cosa loable pero ello no hace al autor de esa hazaña fiscal necesariamente más espiritual. Reducir la presión fiscal será bueno siempre que ello no suponga que un solo compatriota en condiciones y con ganas de trabajar se vea privado de la más elemental asistencia sanitaria o social a fin de permitir que algún gurú de no se sabe qué tenga mas renta disponible para gastarla en hacer deportes de aventura. 

No podemos clamar por la Unidad y llamarnos patriotas y sin embargo bramar en las redes sociales contra otros compatriotas por el mero hecho de que son de uno u otro partido, y menos aún si lo que dicen o escriben nos parece bien, o es razonable, pero por lealtad a unas siglas acabamos traicionándonos. No parece razonable defender la unidad de la Nación con la Ley del Impuesto sobre Sociedades.

No podemos despreciar lo bueno de los otros por el hecho de venir de unas u otras filas. Las viejas consignas -lo digo para aquellos que rechazan porque si todo lo pasado- no son buenas por viejas -para los pocos nostálgicos que quedan- sino porque son eternas, o mejor dicho, expresión de una visión eterna del hombre.

La revolución a la que estamos moralmente obligados es la revolución de lo cotidiano, es la revolución del espíritu. Todo el que combata por esa visión espiritual del hombre, digno, integro, un hombre que se sabe libre pero sometido a un Dios que le ama y le espera (y precisamente por eso enteramente libre), forma parte de nuestras filas. Es el gran combate contra el materialismo y el principio mayoritario.

Pero debemos ser coherentes entonces. En lo personal y en lo político. 

Aunque me demostrasen millones de estudios sesudos de las mejores universidades que para mejorar el nivel de vida de 1000 hay que sacrificar a 10, siempre creeré que esos 10 tienen derecho a no ser sacrificados y yo el deber de defenderlos. Incluso aunque esos 10 fuesen de la piel de Caín. 

Por eso, C’s en esta campaña ha confirmado mis peores sospechas. Es muy indicativo de su visión de España advertir cómo caen de sus listas y son entregados cual chivo expiatorio a la canalla periodística tal o cual candidato que hace 2 ó 5 ó 10 años militó en tal o cual partido o apareció en las listas de tal o cual formación. Los tales y los cuales siempre son los mismos, claro, porque haber militado en la ultra izquierda o en el ateísmo es esencialmente bueno y no es reprochable. Pena.

 Sabemos claramente que no es ésa la España que queremos: una España generosa, aglutinadora, cariñosa, amante como una madre de todos sus hijos, piensen lo que piensen.

La clave es una: no ansiar el poder político, desear ser dueño de uno mismo y de nadie más, aspirar a morir siendo dueño de algo que dejar a los que vienen por detrás, jefe en casa, buen amante de la esposa, padre generoso, regular consumidor de vino y de juergas con amigos, amable tertuliano y fiel rezador, para entregar a los hijos la herencia recibida y acrecentada. Ésa es nuestra revolución. Todo lo que nos aparte de ese sueño…

No puedo demostrar empíricamente lo que digo. Por eso lo escribo. 

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