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Lo que menos me convence del materialismo y liberalismo rampantes es esa constante tendencia a rechazar todo lo que de mágico tiene la vida. Negar lo mágico, lo sobrenatural, lo que se nos escapa de las manos y del corazón y de la cabeza resulta simplemente bobo. Si se multiplica exponencialmente y se convierte en doctrina oficial deviene sencillamente anti humano.  

Una de esas tendencias constantes en mi vida, que se acelera en los últimos años, es la querencia hacia lo que de auténtico puedo hallar en las cosas, el gusto por la pequeña ciudad, los castillos, los cementerios, las alamedas. No es huida al campo. Es huida a la ciudad, porque la gran urbe no tiene mucho de Ciudad, esto es, de vecindad, ciudadania y tradición.

Córdoba. Salgo de celebrar un juicio. Siento la armonía de la Ciudad, castellana y andaluza, cristiana, de callejuelas y flores, y rejas, y carmelitas descalzas, de gitanas y tabernas, de empedrado y aljibes, la Ciudad que gira y se construye de forma lógica: poniendo a Dios en el centro, y girando sobre Él en su catedral. Ciudadanos de verdad.

A la vera, el río. Qué tiempos aquellos en que las ciudades se hicieron! En estas pequeñas capitales uno siente la fuerza de aquellos hombres que hicieron y se hicieron ciudad porque aún la gran multinacional no ha desembarcado en masa para acristalar las paredes de piedra o de cal. 

Siento entonces el dolor por esta España olvidada, porque Madrid y Barcelona se lo comen todo, y han devorado lo que de auténtico pudo haber en ellas. Quizás ando errado. Son divagaciones de mal letrado.

Y me lleno de amores, de todos los amores de hidalgos cansados y de doncellas soñadoras, de campesinos que perdieron el lomo trabajando la tierra de aquellos que fueron a hacer carrera a Madrid o a Barcelona, a enriquecerse y globalizar, de mujeres de piel blanca y hombres de piel morena, negra del sol.

 Entiendo, creo, las exigencias de unas leyes del mercado capitalista que obligan. Crecimiento económico, riqueza, empleo. Si, pero no a costa de perder el alma, pues más obliga la nobleza.

Forzoso es hallar la fórmula que salve nuestras almas, individuales y colectivas. Forzoso es dar Voz a este natural sentir de las cosas. Magia. Empeño sano. 

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