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Con toda seguridad las ideas de la llamada contrarrevolución constituyeron desde el momento una exigencia moral. Tengo para mí que constituyen hoy ya una exigencia natural de la especie, una exigencia para la supervivencia misma de nuestra civilización.

El avance del materialismo -en el sentido más amplio posible del término–, imparable desde finales del siglo XVII, prácticamente ha alcanzado la totalidad de terminaciones nerviosas de nuestra sociedad.

Además, de modo inteligente, como un virus mutante, ha sido capaz de aliarse con corrientes intelectuales perversas para generar una pseudo-religión, que ha sustituido una concepción espiritual del hombre y de la vida, por una sugestión material de las cosas.

Tengo para mí, por tanto, que – a pesar de lo que puedan afirmar politólogos y sociólogos y otros “logos” al uso – un grupo político abiertamente revolucionario podría y debería aglutinar lo que es la respuesta inteligente de todo ser vivo amenazado de muerte: la expulsión del virus.descarga

Es tal el estado de debilidad del cuerpo social que cualquier grupúsculo más o menos organizado es capaz de difundir tres o cuatro eslóganes anticuados, con resultados positivos.

No hay que hacer caso ni a los cantos de sirena ni a los profetas del fin del mundo: hoy, como siempre, pero más que ayer, es el momento de olvidarse de lo políticamente correcto y difundir las ideas del hombre corriente, que es lo más alejado al homo votante. 

El hombre corriente que no está representado en ningún sitio y que, camino de su extinción, se abstiene ya de casi todo, acongojado, y se bate en retirada.

Muchos han empezado a dar Voz a ese tipo de siempre, que trabaja mucho, duerme poco, y se acuesta pensando en cualquier cosa más elevada que los dedos de sus pies.

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