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Venimos de pasear por el Trastevere tras rezar en la tumba de San Juan Pablo II. Calor en Roma; el sol se retira ya después de un día de trabajo intenso. Subimos a un tranvía que nos ayuda a cruzar el Puente de Garibaldi. Como cualquier visitante ocasional, abrimos los planos de la ciudad buscando el nuevo destino…de repente, un joven de no más de dieciocho años entra en la conversación y en perfecto castellano nos indica la parada adecuada.

Se presenta: es un venezolano que hace dos meses salió huyendo de su país. La conversación que dura unos cinco minutos, le deja a uno helado. Puro exilio. Nos cuenta que es muy difícil salir de Venezuela, tanto por el control de cambios, como por la inexistencia de vuelos y el control estalinista del régimen bolivariano. Nos relata con una mirada perdida y triste la dificultad para obtener alimentos, las gravísimas condiciones de vida, la brutal inseguridad y violencia en las calles de Caracas.

Ha venido a Italia dejando atrás a toda su familia, que reunió dinero para que el chaval pudiera salvarse de la quema. Venezuela se derrumba y sus mejores hijos huyen a Europa buscando respirar. En Italia, el chico, tiene a unos primos.

Dolor. Me duele esta España nuestra, que debería ser una gran Madre que cuidase a sus hijos de América, y de todo el orbe. Encomiendo las intenciones de este chaval, Eduardo, cuya mirada joven, triste, pero esperanzada, se me quedará siempre grabada en la memoria, mientras se abre la puerta del tranvía y baja en una parada antes que nosotros.

Y con las de este chico, encomiendo las intenciones de todos los que huyen de sus naciones por la maldad y el odio tribal. Allí en forma de indigenismo, y en casa en forma de este nacionalismo separatista y racial que nos quiere robar España.

Los periódicos están llenos de referencias a la inmigración africana…bien, tómense las medidas humanitarias, políticas y económicas que se estimen más adecuadas por la Unión. ¿Pero y de nuestra América? ¿Quién se ocupa y preocupa?

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