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Resulta sugestiva esa recomendación de algún santo de nuestro tiempo de meterse en el Evangelio como un personaje más. Sugestiva y a la vez aterradora porque cuando uno “se mete en el Evangelio” es como meterse dentro de uno mismo, y entonces uno cae en la cuenta de lo que es de verdad. Conócete a ti mismo, Oráculo de Delfos…Métete en el Evangelio, y te verás ahí, convertido en un paralítico, o un ciego, o un cobarde, o un joven rico egoísta, o en un fariseo, o quizás te verás como apóstol.

Hoy toca ser un burro. Domingo de Ramos. Jesús de Nazaret sabe que se acerca su final y sube a Jerusalén. El pueblo, masa, le aclama como a un Rey, porque lo es. El Hijo del Hombre entra a lomos de un burro, o asno, o lo que sea. Imaginemos por un momento que somos ese animal sobre cuyo lomo se sienta el mismo Dios.

Temblamos de emoción. Hoy Dios se sienta sobre nosotros, y le llevamos en volandas. Estamos felices porque servimos y somos fieles. Burros, claro, no damos para más. Pero hasta con un burro o un cerdo Dios es capaz de hacer una fiesta. Mañana seremos su Cruz y la arrostrará dolorido, llevando nuestras culpas. Hoy Dios sobre nosotros. Mañana, quizás, nosotros hechos un madero, sobre los hombros del Cristo doliente.

Temblamos y sonreímos. El pueblo nos aclama. Pareciera que el Mal es definitivamente vencido. El pueblo clama. Ruge. La muchedumbre se agolpa a la entrada de la Ciudad, con gritos de alabanza a Dios. El pueblo pasa hambre y no tiene esperanza. Vive subyugado por un rey insidioso y bajo la bota firme de Roma, Imperial, idólatra. El pueblo se aferra a la ilusión de vencer de un solo golpe al enemigo interior y al exterior. Cree en Jesús porque en él ve al libertador, al que reparte y multiplica panes y peces, y coge a los cerdos y los lanza al abismo. Nosotros vamos felices porque caminamos con él, sin sufrimiento, y recibiendo las loas de una masa enfervorecida. Pero no son las ramas de olivo las que nos alegran sino sentirnos con Dios, sirviéndole; íntimamente unidos.

Somos burros pero hemos sido elevados a la condición de trono divino. Sobre nuestro cuerpo va el mismo Dios, que es el Amor, y nos ensoberbecemos. De burros que somos, no caemos en la cuenta de que ha sido Jesús quien nos ha elegido, y que nada hay en nosotros que justifique nuestro protagonismo. Caminamos con firmeza y disfrutamos el triunfo y las guirnaldas, los himnos y el baile.  jesus_domingo_de_ramos

Quizás tenemos la tentación de creer por un momento que somos nosotros los que merecemos la fiesta y el reconocimiento público. Si olvidamos que lo que nos hace felices es servir y amar lo que hemos de amar, olvidándonos de nosotros mismos, acabaremos escupiendo al Cristo, o abofeteándole, o quizás clavándole los brazos al madero.

Mirando al burro, metiéndonos en el asno, entendemos el sentido del triunfo. Paradoja. Sirviendo, triunfo. Amar es servir. Servir es Amar. Propiedad conmutativa. El producto no se altera por el orden de los factores. En cambio, si deseamos nuestro triunfo personal, nos ensoberbecemos, esperamos una victoria fácil, y pretendemos para nosotros lo que no nos merecemos, acabaremos echando la culpa a Dios y condenándolo irremediablemente.

Si amamos a España toca ser burro, y servir. Allí donde estemos. Con esa fe inquebrantable del viejo mulo que sigue adelante, perseverante, confiando en cumplir la misión. Sobre nuestros lomos otros brillarán y nosotros, con ellos.

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