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Diecisiete horas treinta minutos. Apuro un último cigarro antes de coger el coche que me llevará al aeropuerto de vuelta a casa. Me encuentro ante la hermosa fachada del Hotel Reconquista de Oviedo. Ambiente juvenil. Un grupo de chavales de – al menos me lo parece – segundo de bachillerato se amontonan en el atrio de entrada de este emblemático y hermoso Hotel que gestiona admirablemente la cadena Eurostars.

Paro atención en la conversación de esos jóvenes. Al parecer se ha desarrollado en los salones del Hotel una feria promocional de universidades.

Uno de los chicos afirma…a mi me ha gustado mucho esa Universidad pero claro…con el catalán…me parece que tendré que optar por otra. Un par de sus amigos asentían. Las palabras denotaban tristeza.

Efectivamente, como ese chico, cientos de miles de transacciones personales se están viendo vedadas por la infamia nacionalista. Transacciones de todo tipo, no sólo económicas, sino afectivas, culturales, sociales, espirituales, amorosas incluso. Es un objetivo claro de los secesionistas: el auto aislamiento y la separación – de hecho – por la pérdida de todo lazo afectivo con el resto de la Nación. Ardua es la tarea que nos espera…curar la herida, reparar el daño.

No analizo el hecho vivido desde la perspectiva economicista de esa Universidad catalana que pierde un alumno quizás incluso brillante, por la horrenda decisión de convertir el catalán en eso que se dice lengua vehicular. Si es una Universidad privada, allá ellos con su dinero.

Si la Universidad es pública sólo reclamo que cuando se haya de cerrar no me torturen con mentiras e insidias, que no acudan al enfermizo lema de España me roba ni al Gobierno de España de culpable.

El único culpable de lo vivido por mí esta misma tarde es el nacionalismo, y cómplices cuantos han aceptado, pactado, consentido por omisión esta situación. Cuando cierren las universidades o tengan el nivel más bajo de España por la pérdida de talentos, que no nos vengan con lloros de plañidera. Les miraremos y les gritaremos: Boabdil, estúpido, Boabdil!

Me interesa más advertir la pobreza cultural y moral a la que nos condena el nacionalismo. Ese chaval, o esa joven, alegrarían las calles de Barcelona con sus propios acentos, enriquecerían el acervo cultural, llenarían teatros y bares de copas, quizás se quedasen, y se casen, y tengan hijos,…pero ese chaval o esa joven no vendrán a mi casa porque unos cuantos han construido una enorme mentira y otros tantos les secundan o les ríen las gracias.

¡Cuántos besos, cuántas complicidades, cuántas caricias, cuántos proyectos, cuántos sueños, cuántas vivencias presentes y futuras ha de robar el nacionalismo para que nos demos cuenta todos de su brutalidad y plantemos cara en hogares, calles, universidades, puestos de trabajo,….!

Amo Cataluña. Deseo su prosperidad y crecimiento. Y por eso animo a los lectores a unirse y agruparse eficazmente para decir basta.

Que no. Que ellos no aman Cataluña. En realidad, no aman más que sus agradecidos estómagos. Y desean una Cataluña enana y enfermiza, débil y dócil a la que consumir hasta su propia muerte!

Obviamente, la unidad de mercado es por encima de todo una exigencia moral – más allá de lo jurídico o lo económico como defienden los liberales de uno y otro lado -, moral y afectiva. Porque son vidas de personas, de compatriotas de carne y hueso las que están en juego. Porque es Cataluña misma la que está en juego. Porque si Cataluña cae en la ponzoña, que nadie crea que algo quedará de España.

Ganas de abrazar a ese chaval y decirle en nombre de los catalanes de bien….ven! Únete a la rebelión moral! Alza la Voz

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