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Como Argan, el protagonista de la genial obra de Molière, el separatismo – y ahora ya, sin excepciones semánticas, por extensión todo el nacionalismo catalán que se ha lanzado al delirante precipicio, y pretende arrastrarnos a todos los catalanes – padece de hipocondría colectiva. Un enfermo imaginario, que inventa males, arguye dolores, inventa afecciones, trama dolorosas vías hacia la destrucción total de ese Bien Común, que es un bien jurídico, y económico, y político, e histórico, y moral, que llamamos España.

Aunque la comparación con la obra original no puede ser perfecta; también vemos hoy médicos mercachifles que quieren curar la enfermedad con ungüentos y cataplasmas, pomadas y jarabes que en nada ayudan al enfermo. Propuestas federalistas, pactos fiscales, cesiones de competencias no curarán al enfermo sino agravarán su inventada dolencia; y lo digo, porque lo sabemos. Algunos le han sugerido al enfermo que lo que le curará es la independencia, pero obviamente no  le advierten de los efectos principales, secundarios y terciarios; y sobre todo no le dicen que la independencia es traicionarse a sí mismos, y eso es la muerte histórica.

Hace años la enfermedad parecía curarse con la autonomía, luego con la cesión de competencias, más tarde la cesión de tributos; a cada queja imaginaria del enfermo aparecía un nuevo médico que anunciaba la milagrosa curación. Y como aquellos médicos que halagaban a Argan para sacarle el dinero; ante el separatismo, los médicos han querido beneficiarse de sus votos. Los de la imputada y embargada Convergencia creían que halagando al enfermo conseguirían mayorías absolutas y lo único que han conseguido es la transmisión de esa enfermedad terrible, por imaginaria; los socialistas y populares creyeron que con el halago y el pastiche garantizaban su supervivencia en los gobiernos de Madrid, que es lo que les interesaba, y contagiados también, van a hacer ingobernable Madrid.

Mientras, los catalanes de a pie, sufrimos los delirios de ese enfermo.

Primero la enfermedad consistió en no tener instituciones propias, luego en potestad legislativa, más tarde los peajes, los puertos y los aeropuertos; luego el enfermo sangró imaginariamente de déficit fiscal, y ahora sangra de pura insania.

Nadie parece atreverse a decirle al enfermo que su enfermedad no existe, que es un tremendo engaño individual y colectivo, o mejor dicho, que su enfermedad es moral. En unos, se manifiesta en una especie de odio racial y xenófobo que les hace sentirse y decirse superiores a lo que despectivamente llaman charnegos, en otros se manifiesta en una superioridad de clase lingüística; en otros, en pura avaricia; en los de más allá,….

Este enfermo no se cura con cataplasmas ni haciéndole la ola al enfermo, acariciándole arrobadamente, pero me da a mí que tampoco necesariamente se curaría con golpes en la mesa o aceite de ricino. Básicamente porque no hay tal enfermedad; es imaginaria; y de estar enfermo de algo, es una afección moral que se manifiesta invariablemente en aquellos pueblos que han perdido el sentido de la realidad y quieren inventarse artificialmente. Se manifiesta en rechazo a la propia Historia, y consiguiente invención de un relato espúreo paralelo, en atribuir a otros la culpa de los propios males, en exponer exponencialmente las propias virtudes y rechazar los defectos cuando no imputárselos al vecino; entregarse como pueblo a una clase social dirigente absolutamente inmoral, como lo demuestra la sección de sucesos y justicia de cualquier periódico.

Al enfermo imaginario hay que decirle la verdad. Que no hay tal mal. Que no hay tal dolor ni tal agresión. Que el veneno lo lleva dentro, y se llama nacionalismo. Al enfermo imaginario hay que levantarlo de la cama, animarle a vestirse y engalanarse, a salir a la calle y descubrir los sabores y olores de los amigos y vecinos, a saber sufrir el dolor sin queja, a no envanecerse del propio triunfo, a ser generoso y caritativo, humilde y responsable. Porque al que hay que salvar no es a ese indolente e hipocondríaco enfermo sino a esa otra inmensidad de personas – la mayoría silenciosa, a veces cobarde, a veces tristona, y siempre desorientada – que sufren los delirios del enfermo.

Al enfermo hay que decirle que contamos con él para un proyecto que se llama España, un proyecto unitario que no uniformista, un proyecto entusiasmante que le curará de sus males y le hará endiosarse en el sentido bueno; pero para eso no se necesitan médicos sino Hombres. Y si persiste en su enfermedad, al menos, habrá que quitarle el gobierno de la casa.cataluna-espana_560x280

 

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