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La Banda de Música, de jóvenes de la región, no más de doce, encaramada en el coro de la pequeña iglesia del pueblo blanco, un coro sostenido por vigas de madera, que cruje. La iglesia llena, de gente, de calor, de abanicos, y llena de fervor.

Como en otros tiempos, dicen, los hombres a un lado. Robustos, fuertes, encanados pero no encanallados, la tez morena, el semblante serio, las manos encallecidas, la cara arrugada, con grandes surcos como los que han labrado durante años. Diríase que son prolongación de la tierra y que en ellos puede crecer un olivo, o un almendro de ésos que nos rodean. Vamos, hombres fuertes, de tentempié al mediodía, copa después de comer, y vino a media tarde, de partida de dominó, blanca, paso; hombres de carácter, que si viviéramos hace unos años te abrirían en canal con una daga de siniestra, porque la vida aquí vale lo que vale un surco, una acequia, una pizca de agua para dar de beber al sediento. Les veo, me miro, y agacho la mirada porque no valgo un real.

A la izquierda mirando el altar, las mujeres, engalanadas, mariposeando sus abanicos, sobrios, bien peinadas, mirando al cielo, con vestidos de colores, las caras cansadas de tanto bregar. Más mujeres que hombres, ya se sabe, que enviudar siendo mujer es más fácil, y más provechoso al mundo; ojos grandes andaluces, para poder ver en esta tierra lo que no ve el hombre, mirando al sol, sin miedos, caderas anchas y firmes, para elevarse, pues si los hombres parecen ser una prolongación de la tierra, ellas parecen serlo del Cielo, lo cual es muy verdad. Las miro, y miro a mi mujer, y vuelvo a agachar la mirada porque no valgo un real.

Pero da igual, porque todo lo que me falta lo pone Dios. La Iglesia está llena a rebosar. En el retablo del Altar Mayor una Paloma, que es el Espíritu, sobrevolando un Dios Padre, sentado, revestido de ricos ropajes, pero muy Padre, a la derecha del Padre, ligeramente más abajo, la Virgen Madre, y a la izquierda, un Dios Hijo, muy Redentor; presidiendo la única nave, a ambos lados del Altar, una Virgen Reina y Coronada, y un San Roque, al que no se le ve el perro, pues está cuajado de rosas rojas y blancas.

La Misa es bella y sentida. Mujeres cantan acompañadas de una guitarra canciones hermosas de la tierra, que no conozco; pero como por arte de magia puedo seguir pues la música trae un sabor a olivo, y a pino, y a vid, y a almendro; voces muy femeninas, casi angelicales, con ese deje que se deja letras, menudea la ese, y acaba calurosamente las frases. Imagino a Lorca y a Rosales escribiendo versos a las vírgenes andaluzas cansadas de agacharse y de luchar con estos hombres fieros que desean ser toreros o marinos, o guardias civiles, mientras los primeros soles les azotan la adolescencia.

Las paredes blancas de la iglesia están llenas de imágenes de santos y de vírgenes, y a la entrada un Cristo crucificado en una cruz de palo, que me sabe a Palo Mayor de una nave hundida en Trafalgar, a pocos metros de aquí, pues es esta España la que varó heroicamente a costa del tal Nelson, que dicen que era un genio, aunque más bien creo que estudió mucho y serio, y tenía buen material, porque los genios están de nuestro lado.

Al final de la Misa, los hombres salen como alma que lleva el diablo a apurar el pitillo en la plaza. Y las mujeres quedan rezando y cantando a San Roque, Protector, una cantiga, que bien podría ser uno de esos Goigs de mi tierra catalana. Emocionante. Hacía tiempo ni vivía una Misa así.

Lo que me falta lo pone Dios. Es reconfortante

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