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Justo el día después de tragarnos el enésimo reportaje sobre el cambio climático, que no dudo yo que sea verdad, pero elevarlo a Dogma de la Nueva Fe de los Descreídos, resulta un exceso, nos zambullimos el 2 de agosto, en las aguas de la playa de Velilla, una pequeña población de la costa granadina ya rozando el límite con Málaga. Si se le dijese Cala Velilla sería más exótico.

El agua fría como un amanecer de otoño en el Pirineo. Helada, más bien. Fría y transparente por aquello de poder disfrutar del fondo marino, de rocas y peces coloridos y algas de formas fantasmagóricas. El Mar, que nos había recibido en Motril, enfadado y furioso, a saber por qué marina razón, estaba en calma, ofreciendo imágenes igual de bellas. Es lo que tiene el Mar, que su Belleza destaca en su furia, y en su calma, en la tempestad, y en el reposo.

Llegar nadando a una de esas boyas que jalonan la costa marcando los límites de la zona de baño y recreo, y de la zona de motores y vela, resultó difícil para mi pesado y cobarde cuerpo. Qué ridículo es el Hombre ante la fuerza de la Naturaleza! Y, ¡oh paradoja!, el Dios creador nos encargó a nosotros, los seres más indefensos y débiles, someterla y dominarla.

Nuestra única pero terrible fuerza: el libre albedrío, la libertad. El mismo Tolkien al distinguir entre Hombres, Elfos y Enanos, dibuja al Hombre como ser-en-libertad.

Pero la Libertad del Hombre, por ser nuestra principal arma, está sujeta a rigurosas reglas de uso. V. Frankl recordó al tonto contemporáneo enredado en las tesis freudianas, tontos como yo, que la libertad del Hombre es una libertad para amar y que el sentido de la vida se halla en el Amor, cosa que San Agustín había escrito de forma poética muchos siglos ha.

La Libertad se ha de sujetar a la Justicia, y a la Caridad y al Bien Común. Si no, es sólo una sombra chinesca de la auténtica libertad. Libertad para amar, para amar al Amor.

En Velilla, titiritando de frío, con los labios amoratados y la piel retorcida en sí misma, buscando el calor del sol tras un breve nado se advierten con claridad estás pequeñas verdades que nos esconde la naturaleza. Mientras, los pequeños recogían mejillones aferrados a las rocas, y cangrejos, y volvían con los pies llenos de heridas.

Arriba el Mar, y la Libertad!

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