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No es ésta una primera lectura de verano sino una última de fin de curso escolar. Los padres, creo que mayoritariamente, medimos el año en función del colegio de nuestros hijos…todo gira en torno al ansiado descanso veraniego.
Última lectura de Mishima. Leído. Poco más. No me ha añadido nada al maravilloso universo de su tetralogía ya glosada en este blog. Es el Mishima decadente corrompido por su propia decadencia. Sirve como espejo mágico, para que el genio escondido tras el cristal nos diga que no somos ni bellos, ni inteligentes, ni ocurrentes, ni siquiera buenos en muchas ocasiones. Todos deberíamos tener un espejo mágico de éstos que te dicen a las claras que eres un decadente egoísta, aburguesado, soberbio y orgulloso, un espejo de ésos que te bajan a la tierra, que es subirte del fango, y tiran de ti hacia arriba, pateándote el culo, perdóneseme la expresión.
Esta Música de Mishima es formalmente interesante y muy de Mishima pues el suicidio y su visión iconoclasta se anuncian en diversos pasajes, pero materialmente destructiva. Una incursión en el psicoanálisis más rudimentario llena de tópicos sobre la mujer, las relaciones sentimentales y el modelo freudiano de enfrentarse a las propias miserias. Un subproducto occidentalizado, aunque su lectura no me quita ni un ápice de admiración al escritor suicida, que me dibujó en su Nieve de Primavera y luego en sus Caballos desbocados una maravillosa estampa del guerrero-en-el-mundo.

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