Barcelona es una ciudad preciosa a la que le quieren, se dice, poner una mezquita.
Barcelona no precisa de una mezquita,
ni fea ni bonita, ni alta ni baja, ni grande ni pequeña.

Barcelona es una ciudad hermosa abrazada por el Sagrado Corazón de Jesús.
Barcelona parece a veces no querer ese Abrazo, pero da igual, porque el que abraza lo hace cada vez con más cariño.

Barcelona es una ciudad abierta al
Mar, que es el morir, y el renacer, y el vivir sin cadenas.
Barcelona no puede vivir amordazada por esa especie de mafia que va extendiendo carnets de catalanidad.
Nadie tiene el derecho a decidir romper en mil pedazos el alma de Barcelona.
Barcelona es una ciudad hermosa si se la mira por entero, como es, con su Borne y su Raval, con su Puerto y su Sagrada Familia.
Barcelona me gusta cuando se la mira desde Montjuich, que no sé si es una montaña mágica, pero tiene un cementerio la mar de bonito. No debe estarse mal para toda la eternidad mirando al Mar, como deseando zarpar con Roger de Flor.
Pero Barcelona es aún más intensa si se la mira desde dentro.

Hay quien quiere hacer de Barcelona la capital del primer reino de taifas. Supongo que por eso preparan ya la Mezquita. Es el derecho a decidir como primer paso al derecho a ser sometido por la doctrina de la dominación. Es lo que tiene el odio irracional: que las estrellas de cinco puntas se convierten fácilmente en medias lunas.

Conozco un lugar recóndito desde donde se ve una Barcelona viva, en movimiento.
Amo Barcelona porque es mi circunstancia. Si me matan Barcelona me matan. Barcelona es obviamente una pequeña metrópoli universal, amable, cariñosa, bilingüe, abierta al Mar, abrazada por Cristo, bombardeada y protegida a la vez desde Montjuïch, que no precisa mezquitas ni carriles para las bicicletas pero ansia orden, limpieza y libertad.
Cruzo la Plaza Cataluña camino de casa….todos andamos como despistados. Sonrío.

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