Me gustaría exponer con más claridad las tres o cuatro argumentaciones de mi última entrada a propósito de qué debe entenderse a mi pobre parecer en realidad como voto, pueblo, democracia y Nación o Patria.

Vaya por delante que no discuto el modo de gobernar mediante el voto. A estas alturas de la Historia sería un error pretender lo contrario aunque no niego que no necesariamente sería inmoral otro tipo de sistema. También votan los cardenales para elegir Papa, y votan los niños a mano alzada o a voz en grito para decidir piscina o playa.

Ambos actos de elección tienen un elemento común: en el acto mismo de elegir hay un elemento que es inamovible, y que el sujeto votante no pone en duda: en un caso es la presencia iluminadora del Espíritu Santo y la convicción de que el voto ha de intentar dilucidar la acción de ese Espíritu en el seno de la Iglesia, en bien de la misma Iglesia, cuerpo vivo, que es una realidad en movimiento, viva; en el otro caso es la presencia de la madre, que ama, cuida, protege, guía, orienta, en interés de la Familia, que es una realidad en movimiento, viva.

El voto o la decisión como acto de elección cuando se trata de cosas vivas requiere pues la presencia de un permanente que fija los límites del acto de decidir y orienta sin prejuzgar el contenido de la decisión.

Es por ello que a mi modo de entender la democracia sólo puede haber un voto libre cuando se dan esas condiciones. Si hablamos del sujeto político Nación, ese permanente debe igualmente concurrir. Si cabe cualquier posibilidad, cualquier decisión, cualquier resultado, no hay verdadera democracia, esto es, gobierno del cuerpo vivo, salvo que se acepte el suicidio individual y colectivo, pues no parece sano que el cuerpo pueda destruirse porque una parte, más o menos mayoritariamente minoritaria, lo decida en un acto de locura, ignorancia o sugestión colectiva.

Los que piensan que no hay límites al derecho a decidir las cosas estiman en poco las cosas, pues admiten expresamente que las cosas puedan desaparecer por un acto de voluntad. Si estimo el compañerismo o la camaradería no puede someter a voto con mi grupo de colegas si decidimos siendo amigos aun cuando cualquiera de ellos haya realizado la mayor barbaridad. Pensar así es no haber comprendido nada de la Vida. Si estimo mi país, Patria o Nación, llámele usted como quiera, no puedo someter a la decisión de una concreta generación su disolución, o su cambio de rumbo histórico. Si ha de morir, morirá porque en ella no hay ya nada de Vida, pero no porque sus miembros, individual o colectivamente considerados, tengan ningún derecho a matar al Cuerpo.

Eso es convertir la democracia en infierno.

Anuncios