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Perdió anoche la selección de fútbol, y los seleccionados volverán a casa. La pena, e incluso la decepción, ha sido grande para muchos. De todos modos, esto no es el desastre del 98, no nos confundamos. Vivimos en una España en que, por las razones que sean, posiblemente el clásico panem et circenses, el fútbol lo domina todo. Como si no hubiera otros deportes. Ciertamente el siglo XX fue el siglo del Cine, el Deporte y el Electrodoméstico. Bien está que en cierto modo nos desahoguemos, aunque sea de este modo. 

Hoy proclamación de Felipe VI. Él decide cuál será su ejemplo. Mis lecturas adolescentes me hacían decir de mí mismo que era republicano, ¡qué tontería!, y ahora que encanezco la barba, porque mi cráneo no es tierra fértil, me gusta decirme monárquico. Pero de Rey que reina, con todas las de la Ley. De Rey que quiere ser símbolo de la unidad y permanencia de España y árbitro moderador de sus instituciones. Monárquico de Rey que se sabe y se quiere y se hace Cabeza de la Nación, servidor de un ideal. Esperemos a ver si Felipe VI quiere ser un Felipe II o un Fernando VII. Que se puede ser muy Imperio sin sacar a pasear al Ejército. Se es muy Imperio si se cree en la Nación.

Curioso es que la proclamación del Rey se haga tal día como hoy, el día de Corpus. Para mí, el día más misterioso del Año. Y el más intenso y profundo. Por muchas razones, muchos de nuestros compatriotas se dejan llevar por las insoldables profundidades de la filosofía zen, el yoga y las Siete Respiraciones de no sé qué gurú que cobra la sesión a 200 la hora. Cada uno que haga lo que quiera. Pero lo cierto es que si alguien se siente necesitado de misterio y de luz al mismo tiempo, hoy la Iglesia celebra el mayor de los misterios y la mayor de las luces. El mismo Hijo de Dios, ése que nació en Belén, ciudad atrincherada de niños-parapeto y bombas de racimo, el que muere en la Cruz hecho un trapo, sin tener pecado pero llevando todos los nuestros  a cuestas, se queda con nosotros, de forma real en la Eucaristía, y para siempre. Sigo sin entender que alguien se vaya al Tíbet a buscar el misterio. Cualquier iglesucha nuestra esconde en su sagrario el mayor misterio. Y hoy se celebra en todo el Orbe. 

Así que no es día hoy de tristeza. En nuestro Corazón un Dios que se queda con nosotros, para siempre, un Corazón-Dios inmenso y consolador, y en nuestra Cabeza, esperemos, un Rey que será lo que su pueblo quiera que sea, como todos los reyes de esta tierra. Volverá la selección sin pena ni gloria, pero el honor no nos lo han quitado, porque es patrimonio del alma, y el alma sólo de Dios.

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