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No es éste un blog de efemérides aunque en ocasiones algún hecho histórico, sobre todo épico, ha merecido el recuerdo. Ni es un blog de Religión aunque Dios y nuestra Fe verdadera y universal están presentes en muchas de sus líneas, escritas con este renglón torcido, muy torcido, que soy yo. Éste es un blog personal, donde mi alma, pobre alma, se revuelve en ocasiones a latigazos o borbotones, y en otras adormece cansada, de pura tibieza mía.

Pero San Antonio de Padua, tal día como hoy, sí merece mi atención. No sólo por la grandeza de este santo franciscano, Doctor angélico, gran orador, extraordinario penitente, místico y entusiasmado del Amor de Dios. Fundamentalmente, porque me es obligado, cuestión de honor y de lealtad, recordar hoy a dos hombres extraordinarios, dos padres de familia que arrostraron sus vidas con fuerza, ilusión, empeño, dedicación, responsabilidad y amor, empujaron a sus hijos y les educaron, más bien que mal, y en los inicios de este año dos mil catorce, la misma enfermedad, se los llevó al Cielo, donde hoy, seguro, departen con San Antonio y me miran sonrientes mientras escribo, porque allí en el Cielo, no hay tristeza ni pobreza intelectual, y el Amor de Dios, que es misericordioso, se desborda en extremo.

Uno era mi suegro, Antonio Vañó, quien me regaló un preciado Tesoro, y el otro, Antonio Salomó, padre y suegro de unos muy buenos amigos, de ésos que te quieren sin medida, que es la medida del Amor, como decía San Agustín. A ellos mi recuerdo y mi cariño, mi devoción y mi hacimiento de gracias. Y mi cariño igualmente, mi recuerdo y mi ánimo y mi Amor a cuantos han llorado su pena estos meses.

Feliz y combativo fin de semana

 

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