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Hace años, entre dos o tres, qué sé yo, decidí, conscientemente, que era un idiota rematado. Engreído de mí mismo llevaba años enzarzado en lecturas de ésas que cuando las divulgas en una cena entre amigos no te es difícil advertir la cara de estupor del interlocutor. Muchas de esas lecturas resultan soporíferas, otras por el contrario, maravillosamente sugerentes.

Hace años, entre dos o tres, intuí que mi alma y mi cuerpo necesitaban disfrutar de aquello que, por no sé qué cosa rara, no me había acompañado durante el final de mi adolescencia. Si de pequeño devoraba los clásicos juveniles llegó un momento – allá por los quince años – en que mis lecturas se desbocaron y entregaron a la generación del 98, y se postraron ante Ortega, y de ahí…de ahí al cultivo del ensayo político, de la filosofía mamotreto y del libelo panfletario. holmes

Pero se había quedado tanto en el camino…conocí a Tolkien y fui devorado por él. Ni siquiera soy capaz de dejar en este blog una reseña sobre el Hobbit y El Señor de los Anilos, aunque voy ya en este tercer año por la tercera lectura. Cuando termine el Silmarilion, que saboreo todos los días desde hace tiempo, como quien lee y relee deseando que no se acabe la lectura, rozando sus páginas como quien acaricia la vida misma, como queriendo rememorar los tiempos de la Primera Edad, quizás tenga fuerzas.

La semana pasada terminé estas Aventuras de Sherlock Holmes, clásico de Conan Doyle, puro entrenimiento, y disfrute de eso que se llama la novela de detectives. Libro de fácil lectura. Creo que obligatorio para todo joven de entre doce y dieciséis. No es preciso leerlo del tirón. Una aventura al día o a la semana, en función del estupor que cause la trama, y del tiempo que uno disponga. En cualquier caso, mejor leer a Conan Doyle que a ningún articulista de medio pelo en nuestros periódicos habituales…

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