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Raramente podría yo cantar a la Luna como se merece. Imposible para mí sería superar lo que tantos poetas han escrito de ella. Bajo la luz de la Luna mueren los villanos, y los héroes, se arman revoluciones, se fraguan traiciones, se ultiman contubernios. Bajo la luz de la Luna, no se olvide, mataron a Dios, apresándolo en el Huerto de los Olivos, y millones de lunas pasarán y seguiremos matando a ese Cristo doliente y dolido de Amor que suda sangre por no vernos sangrar más de la cuenta.4724427831_850e09e52c_b

Iría yo a la Luna si pudiese, y la cogería, y la bajaría a la tierra – de pequeño lo cantábamos de las estrellas, que son luceros, y amigos caidos en el camino que nos guían hacia esa España de amor y alegría, faldicorta y dicharachera, esa España pendenciera y exigente. Cogería a la luna, que está a mitad de camino del Sol, y la guardaría celosamente, porque la Luna la quiero para mí, para quererla y llorarla, en silencio, como un Boabdil, y amarla como un Larra, que es como se debe llorar y amar, que eso se aprende siempre, aunque sea tarde.

A la Luna iría yo si pudiese. Esta semana la Luna lucirá, llena, y su influjo se impondrá sobre los hombres con alma, aunque sea débil y doliente como la mía. El hombre sin alma ni siquiera mira al cielo antes de acostarse. De pequeño aprendí en los viejos campamentos juveniles que antes de dormitar y de rezar a ese Dios nuestro que nos cuida y vela nuestro descanso, una mirada al Cielo lunar y estrellado te libera del embrutecimiento de la jornada, sobretodo cuando los hombros y la espalda se encorvan por el peso de una dura jornada de trabajo.

Nadie mira la Luna sin sentir algo. Fuerte. Intenso. Es una fuerza, se diría mágica. Bajo el influjo de la luna los gitanos de Lorca sacaban a pasear sus afiladas plateadas, y sus mujeres, vacías, gritaban atormentadas de su vacío y su tristeza procesional en sus casas blancas y sepulcrales, y los caballos golpeaban el suelo de los campos labrados por manos fuertes y encallecidas, cuerpos encorvados, tostados al sol, que por eso Lorca se fue a Nueva York, para mirar al cielo y no ver la Luna, sino edificios de cristal y acero.

Unido a Lorca, y a Larra, unido a esta Cataluña mía que me la desangran unos feos, unido a esa España exigente y difícil que mañana se levantará con ganas a pesar de sus clases dirigentes, unido en fin a ese Cristo doliente, con mi alma embravecida por el Amor, ese Amor que se desparramó anteayer en forma de lenguas de fuego sobre esos hombres corrientes que no entendían nada, y que se impone con una fuerza sobresaliente sobre cualquiera que mire la Luna, nuestra vieja y nueva Catalina, unido a la Luna, en fin, termino este cuento de luna, que es nuestra Luna.

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