Etiquetas

, , , , , ,

Abdica Juan Carlos I, Rey de España. La calle, mi Barcelona, incendiada por la turba hace sólo unos días. La marca Barcelona la defienden hoy, como valientes atrincherados, unos japoneses que aterrizaron ayer noche en El Prat en un hidroavión transatlántico con alerones de colores deseosos de convertir a Gaudí en una mermelada de sabores extraños y llevárselo embotellado para enterrarlo en la falda del Monte Fuji. El bote pequeño. La buena confitura. Al descender del avión declararon que se lo llevan todo temerosos de que la turba incendie Barcelona, con su marca, y su Consejo de Ciento dentro.

Abdica Juan Carlos Rey. Ha muerto el Rey, ¡viva el Rey! Unos pies descalzos de miseria intelectual, me cuentan, se han visto deambular por las noches en los anchos y fríos pasillos de Palacio, haciendo piruetas y cabriolas como un bombero torero, ahora que asoma nuestro verano tauromáquico, de plazas y plazuelas que sudan al sol sangre de españoles virtuosos, y clavan banderillas rojigualdas en el pecho moribundo de un feo útil. Algunos quieren ensuciar la enseña con el añil de chekas sucias, feas, y mohosas. Me dicen que esos pies buscan el retrato de los Reyes Católicos.

Abdica Juan Carlos. Sobre esos pies descalzos y míseros cuelga una cabeza de hombre fuerte de cabellos largos y ensortijados que recita de continuo, a grito pelado, los artículos de la Constitución intercalando frases de la Constitución non nata y de la Ética a Nicómaco. Nicómaco es nombre de bombero torero, y de actor de entreacto. Pero ningún incendiario de mi ciudad podrá llamarse jamás Nicómaco. El feo útil, que es tonto inútil, sólo quema calles. No construye.

Me cuentan también que por la noche, a eso de las cinco de la mañana, que son las cinco de la tarde en las antípodas, donde Lorca mató al héroe porque no se puede morir en mejor hora, el caballo de Carlos V se descuelga del cuadro y se abalanza enfurecido desde Mulhberg a Recoletos buscando alguien que le cabalgue. Una Monarquía imperial es lo que precisa el Título VIII, imperial de esfuerzo, de sacrificio, de renuncias y razonadas sinrazones. ¡Queremos Reyes que no duerman mientras haya un solo español con pies descalzos de miseria y cabezas recitando artículos de Ley!, gritaba el pueblo, sin cara, pero con corazón, ayer en un sueño de ésos que te despiertan bañado en sudor.

Que reine Felipe! Bienvenida sea la Monarquía si a su paso los pies desnudos de miseria intelectual se calzan en los borceguíes de Fernando el Católico y las cabezas hueras galopan sobre el caballo de Carlos, ése que fue a la vez primero y quinto, que es como ser a la vez Sol y Luna.

Anuncios