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Mi hijo Rodrigo ha cumplido hoy cinco años. Si cualquier lector interesado desea saber qué es un sentimiento, no tiene más que mirar a mi hijo Rodrigo durante un rato. Toda la amplia gama de sensaciones que un hombre puede sentir en toda su vida, las vive mi hijo en unas pocas horas. Amor, pasión, fuerza, atolondramiento, perdón, humillación, dolor, desgarro. Rodrigo es, recuerdo haber oído esta frase hace muchos años, España embotellada. Una pereza total para la rutina diaria, y una heroica vitalidad para cuanto no tiene nada que ver con lo material.

En realidad, de mayor quiero ser como Rodrigo, que es como decir, que quiero ser un niño heroico, dolorido, apasionado y enamorado de la vida. Para vivirla intensamente, que es como se debe vivir. Rodrigo cumple cinco años. No hay sonrisa como la suya, ni carcajada más contagiosa, ni llanto más estridente y sufrido. No soy yo un padre modélico, obvio, y más que enseñarles, aprendo de ellos; de Rodrigo mucho. Mientras leía este mediodía un libro subversivo, aprovechando los últimos rayos del sol de noviembre, Rodrigo saltaba entusiasmado alrededor y en segundos lloraba amargamente por no sé qué cosa que a cualquiera nos parecería una nimiedad, pero para él es un Trafalgar.

Me da a mí que de esto los españoles tenemos mucho. Y no creo que sea necesariamente malo. Rodrigo, me da a mí, y quizás me equivoco, tiene la sangre de los que acudían a Flandes a partirse la cara por un Rey que no conocían y una Fe que no entendían, pero iba, porque se tenía que ir, pobre pero feliz, a vivir una aventura en la que dejaría un brazo, o una pierna, o el cuerpo y el alma enteros; y de los que acudieron al enganche divisionario al grito de Rusia es culpable, aun cuando no supieran donde estaba Rusia, ni entendieran el sentido de la culpabilidad.

De mayor quiero ser como Rodrigo, pura pasión, que es padecer y compadecer, pero sobre todo amar.

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