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Hace ya tiempo dejé aquí reseña de una maravillosa novela de Mishima, nieve de primavera, con la que abría una poderosa tetralogía, que los críticos acreditados denominan su testamento vital.

Término hoy, mientras la lluvia arrecia y golpea los cristales con fuerza otoñal dejando nuestras casas sumidas en una oscuridad oscilante, el Templo del Alba. Tercera de esas novelas.

Caigo en la cuenta de que hace unos meses leí Caballos desbocados, segunda de la serie, sin dejar nota en este deshago que llamamos blog.

De aquel Japón severo, profundo, que vivía anclado en su eternidad, hemos arribado al Japón derrotado por la infamia de Hiroshima y Nagasaki, un Japón herido, desconcertado, encanallado, un Japón que ve como su tradición milenaria se consume ante el empuje de unos yanquis, apostados como Fuerzas de Ocupación.

Del Japón de los samurais y del Código de Honor, al Japón que ansía fabricar y vender televisores y lavadoras a todo el orbe, en competencia con su cruel asesino, que deviene por arte de birlibirloque en su protector frente al comunismo.

Un Japón occidentalizado, de tenedor y cuchillo, jóvenes estudiando en Universidades americanas y fumando tabaco rubio, montando algaradas callejeras al son de la Internacional.

Y veo a nuestra España firme, tensa, caer bajo la bota firme de las Bases americanas, entregada a la melodía dulce y facilona de ese liberalismo melindroso sin brújula.

El protagonista, Honda, se enfanga en esta novela en las meditaciones sobre el budismo y la reencarnación, un espiritualismo de salón muy alejado de la dulzura de Kioyaki, el héroe de la primera novela, y de la fuerza milenaria de los últimos defensores del Código de Honor, como Isao, héroe y líder de aquellos Caballos desbocados.

Como siempre, la lectura una delicia. El dominio del lenguaje, la pasión de los personajes, la complicidad de los protagonistas, la perfecta ambientación, la riqueza de colores y sabores que Mishima imprime es superior a esa manía que tiene de destruir a sus personajes.

Lectura exigente pero placentera. Mientras, deja de llover…pasajeramente.

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