Esta mañana he constituido la Gran Orden del Castillo de Miravet. Mi yo y mi nosotros nos hemos hecho fuertes allí, y juramentado en persistir. No somos sólo dos, aspiramos a ser ocho, veinticuatro, y luego mil, y luego eternidad.

En la Gran Orden no todo el mundo puede ser admitido. Se requiere alegría, ilusión, esperanza, decisión, locura, y una inquebrantable voluntad de ser audaces.

Nuestra alegría confundirá a cuántos quieran asaltar nuestra fortaleza. Mi yo y mi nosotros y cuantos pasen a formar parte de nuestras desorganizadas huestes pareceremos raros pero ello no nos arredrará. Permaneceremos, como dijo el santo, firmes en el amor.

No tendremos códigos, ni secretos, ni un cuadro de reglas. Sólo la misión y la paradoja. Con Machado haremos camino al andar. Y cuando, como el poeta, echemos la vista atrás, sonreiremos, porque lo caminado será bello pero más aún lo que quede por delante.

Seremos el patito feo de las órdenes militares. Y algún día seremos un Cisne alado, de cuello largo y rápidos movimientos.

Océano, alma, tiempo, verano, ojos, magia, Miravet, bosque, combate

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