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Sin duda, Chesterton es el gran maestro de la paradoja. En realidad, nuestra Civilización, ¡el mundo mismo!, se asienta sobre una divina paradoja: el mismo Dios se hace hombre y muere, y una Cruz da vida. La paradoja es riel de la vida.

De mis lecturas juveniles recuerdo una que me llamó la atención, y que se me aparece como trascendente. Criticaba Ortega, creo – perdóneseme el error si la cita no es correcta – en sus Meditaciones sobre el Quijote, la infeliz frase de que los árboles no dejan ver el bosque. Con su característica claridad, esa cabeza rutilante, afirmaba con rotundidad: precisamente la existencia de árboles es el bosque.

En ocasiones, puede suceder que el hombre – hombre, hombra, entiéndase -, por las razones que sea, cree estar confuso porque le cuestapercibir la realidad; su realidad. En ocasiones, al hombre que vive – no al amorfo que coexiste o está – parece que se le viene el mundo abajo, ¡y otras felices que el mundo se le viene arriba! Y sufre y se duele. Y vibra, y se excita, y en ese vibrar halla la vida.

En un mundo de ingenieros tecnócratas de la nada, en nuestro mundo de estadísticas, protocolos, datos, resultados, pros y contras, ese hombre pasará el resto de su vida, o parte de ella, sopesando sus posibilidades. No encontrará en la filosofía la solución, pues lo que para unos es realidad, para otros es percepción y para los de más allá, mera intuición.

En ocasiones, los árboles no nos dejan ver el bosque; es decir, vemos el bosque y creemos, queremos creer que de nosotros se espera que aceptemos que sólo hay árboles, y queremos creer que los árboles no son tales, sino arbustos, o quizás, hierbas silvestres, y entonces la confusión deviene en duda, esa duda metódica…que desde joven se me hizo insufrible. Entiéndase bosque como objeto del amor.

Sólo cuando uno ve que los árboles son el bosque, cuando uno siente pensando, o piensa sintiendo, cuando pone todas sus potencias en acción, advierte que el Corazón vibra, que el sueño no llega, que la espera se hace dichosa, que no hay engaño posible, que sin querer se hace bosque él mismo. Es esa gran paradoja de la vida…entregarse-a-uno-mismo te hace libre y dueño de ti-mismo. Decía Ortega también que hay tres pasos: conocer, comprender, amar. Sólo se puede amar de veras aquello que se comprende y sólo puede comprenderse aquello que es uno mismo, en fin.bosque

Por eso querer es un esfuerzo total. Sea lo que sea el objeto de nuestro querer. Ha de dominarnos, ha de sernos. Es absolutamente paradójico. Que cada lector lo piense-de-sí-mismo. El querer es el acto humano más perfecto, porque ha de quererse con todo. Y para ello es preciso entregarse, desasirse, desserse.

Querer es esperar un buenas noches, estar ansioso por dar los buenos días, querer de veras es oír al bosque en todas las conversaciones, verle en todas las miradas, sentir con el bosque, emularse, querer ser bosque, y que el bosque sea tú mismo, para ser uno, siendo dos innegociablemente. Querer son unos ojos transparentes, sí. Transparentes porque en todos los ojos ves el bosque. Paradojas. No soy Chesterton, obvio.

Es lo que hace el rumor del oleaje…

(Océano, alma, ojos, verano, tiempo, bosque, combate, magia)

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