La sensibilidad e inteligencia de una persona no se mide tanto por sus respuestas como por sus preguntas. Hace un tiempo – eso es irrelevante, porque el tiempo lo es cuando de la vida se trata – alguien me preguntó si creo en la magia. Conejos y chisteras, estrellas a las que se les piden deseos, sapos que se convierten en príncipes, hombres partidos por la mitad sin derramar una gota de sangre.

Si eso me lo hubieran preguntado hace quince o veinte años hubiera pensado…soberana estupidez. Hace cinco hubiera
contestado – curtido por la edad y por ello necesariamentemás humilde – que no mucho, y nunca hubiera pensado mal del preguntón. Ahora mi respuesta es un sí rotundo, sustantivo.

En los últimos años de mi vida he apreciado la riqueza de la literatura inglesa. De Tolkien y Chesterton he aprendido que el necio es el que no cree en hadas, elfos, enanos, brujas, princesas, sapos, príncipes, estrellas y calabazas convertidas en carrozas. Necio es el que cree que sólo existe lo que se ve, se toca, se gusta o se oye. Necio el que cree que el sentido común es sentir lo que siente el común de las gentes.

Quien no cree en la magia ha perdido el alma. Quien no cree en la magia será gobernado por su solo interés, vacío, y miope. La vida misma es un extraordinario juego de prestidigitación.

Una sonrisa sincera, una mirada tierna, un gesto cómplice, una caricia robada son actos de magia. Rebrota el alma perdida, o encanallada, o atada por el peso de una vida normal. Te llevan a un mundo de descanso, salud, vela, ilusión, esperanza. ¡Y no puede nadie en su sano juicio defender que ese otro mundo no existe! Me batiré en duelo con quien pretenda sostener lo contrario.

Unas dedos entrelazados que huyen de las miradas ajenas convierten a un sapo en príncipe. Lo sé.

Hay magia por doquier. Hay magia sobre todo en los niños. De Tolkien he aprendido que los cuentos no se leen, se cuentan; se improvisan, se paladean. El niño, entonces sí, se rinde a Morfeo. Para que haya magia debe existir ilusión. Lo relevante no es el truco, o el engaño. Si no hay ilusión, no hay magia. Si no hay ilusión, lo que llaman magia es ciencia publicada, un mero pasatiempo, otro sucedáneo del sistema.

Por eso tengo para mí que el futuro no será de la ciencia. Porque la tiranía insultante de la ciencia y la técnica nos están llevando al desastre. Su triunfo definitivo será el fin de la vida.

Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a ser magos, a sorprender con juegos y malabares; mientras haya hombres dispuestos a matar al dragón con sus solas manos, o mejor, con la ayuda de un mago viejo y barbudo, decrépito y cansado; mientras haya quien crea que con la sola poesía o con una nota musical atrevida podrá tras de sí arrastrar a millones de ratas inmundas y lanzarlas al abismo; mientras haya mujeres dispuestas a convertirse en princesas por una noche, habrá vida, y con ello mundo.

Es la magia un Océano insoldable de esperanza, de ilusión. Lo políticamente correcto es, también, negar la magia. Afirmar constantemente que todo es cuestión de cifras, estadísticas, números, encuestas, y balanzas fiscales. Los de siempre quieren someternos a su severo régimen de protocolos, minutas, órdenes y estadillos. El mundo es dominado por ingenieros de la nada; ese reprobable sujeto especializado que no ve más allá de sus sistemas y que, endiosado, cree haber hecho el mundo, que rechaza todo lo que no está en su sistema, y lo menosprecia.
magia

El futuro sólo podrá ser, hoy como siempre, de los que sepan apreciar la belleza en las cosas, advertir la fuerza indomable del oleaje, la profundidad de una mirada, la grandeza de un amanecer que se repite todos los días inexorablemente y cada día es esencialmente distinto; el futuro sólo podrá ser, hoy como siempre, de los que se saben hacer violencia, y se ofrecen como calabazas o ratones para convertirse en carroza o lacayo de la princesa que aman. Aunque para ello deban vivir a la vez dos o tres o miles de mundos y vidas, porque el de verdad, el sincero, el sustantivo, el auténtico es ése en el que son carroza, lacayo o zapato de cristal.

(Océano, ojos, verano, alma, tiempo, magia)

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