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Es conocida, y en cierto modo manida, y reiterada innecesariamente la feliz expresión…”nada de un párrafo de gracias, simplemente gracias como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo”. Militar, que no soldadesco, diría quizás Spengler, luego, entrando en el detalle.

Quizás, no lo recuerdo, alguna vez yo también he hecho uso de ella, y reconozco que me arrepiento pues hay frases que no merecen ser dichas por cualquiera. Lo podríamos llamar la dignidad de la palabra. Sí. Las palabras tienen su dignidad, y no pueden ni deben – pasando con ello al orden moral – ser empleadas por cualquiera, ni en cualquier lugar, ni en cualquier situación.

Todo lo anterior viene a cuento de mi felicidad actualísima. La felicidad, ya se sabe, puede ser un estado de ánimo, pero a veces un estado del espíritu. No dura eternamente, al menos, en este valle de lágrimas, pero sí seguro cuando subamos a la cumbre, algún día, del Carmelo. Pero el hombre ha nacido, entre otras cosas, para ser feliz. La felicidad – actual – se halla en muchas cosas, y sobre todo el hombre la halla en las personas.

Y en éstas estoy yo, hoy, 18 de junio. Recibo un hermoso obsequio, de las cosas más bonitas que uno puede ser regalado: un par de libros, editados en 1844 y 1860. Libros de tapa noble, y hoja gruesa, como España, de la carrera de la edad cansados, magullados, heridos de manchas y amarilleados por el paso del tiempo. Una hermosa colección de obras de Moratín, con su teatro, sus ensayos, sus odas, sus epístolas, de esa España que se nos moría en el XIX agotada y envilecida; y una no menos maravillosa edición de “capital y renta” de Federico Bastiat, que se enfrenta a Proudhon, ese socialista inteligente y diletante que llamó la atención de nuestro Donoso y de Schmitt.

El motivo de esta entrada, algo larga ya, sí, es dar gracias. Espero que los causantes de mi alegría – actual – lean esta entrada, y sientan mi agradecimiento. No hay obsequio mejor; y que sepan que esta noche, cuando se acuesten, seguiré feliz enfrascado en la lectura. Como llegando al Carmelo.

aguila

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