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Vaya por delante que pondré la X en mi declaración de renta en la casilla de la Iglesia Católica. No porque los otros fines sociales sean intrínsecamente malos. Ni porque la campaña publicitaria de la Conferencia Episcopal sea especialmente atractiva.

Pondré la X en mi declaración de renta por tantos hombres y mujeres que todos los días se levantan temprano y antes de liarse la manta a la cabeza, elevan su mirada al Cielo, y rezan por mí, y por todos, ofreciendo su día entero a Dios, por tantos católicos perseguidos hoy, como ayer, y como mañana, por razón de su fe, en tantos lugares del mundo, por los mártires de nuestra Iglesia humillada y ofendida, por tantos niños que este mes de mayo han recibido por primera vez al mismo Cristo, y le aman con ese amor infantil, profundo y sincero, por tantos mayores que a pesar de la ignominia a la que les someten sus hijos – sí, esos a los que entregaron su vida – y sus nietos, siguen caminando el domingo a la parroquia del barrio, y rezan sin esperar nada a cambio, por los seminaristas, por las monjas de clausura, por el Obispo de mi diócesis, por la unidad del matrimonio, por el derecho a la vida humana desde su concepción natural hasta su muerte natural, por el Papa, por San Ignacio, por tantos…si, por tantos que ofrecen su vida por todos, sin pedir nada a cambio y sin embargo sufren el Odio de otros tantos enmascarados en sus tótems precristianos de determinismo, relativismo y superstición.

Por los que antes de dormir vuelven a elevar su mirada al Cielo y piden perdón y ayuda para que el día siguiente su contribución al Bien Común sea más provechosa.

Por tantos…sí, aunque no sean modernos, ni progres, ni simpáticos hasta la náusea.

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