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Faustino no tenía más de cuarenta años. Pero en la Ciudad todos le llamaban viejo. Él pensaba que era por el nombre que sus padres le habían puesto al nacer. Cosa rara. Era ya de los pocos en la Ciudad que se llamaban como su padre, aunque no se pareciera en nada. Su padre era un bebedor empedernido. Y él era sólo un empedernido, bebedor. Faustino se levantaba todas las mañanas temprano y leía el Kempis, cosa vieja de viejos. Y luego iba a trabajar. Andando. Mientras, tarareaba canciones de cuna, y canturreaba…le había puesto música al Cantar del Mío Cid!

Se reía mucho. A la gente de la Ciudad eso no le hacía gracia. Ni las canciones de cuna, ni la risa, ni el Mío Cid.

Un día, Faustino el Viejo, colgó en su balcón del sexto cuarta, un gran cartel que rezaba: Viva la Modernidad, el Progresismo y las Reformas.

Los vecinos se preguntaban qué le había pasado a Faustino. A la mañana siguiente le pegó fuego, en silencio, con mirada apesadumbrada, a un par de contenedores que estaban en su camino al trabajo, y a otros tantos comercios, un quiosco, y una zapatería.

Antes de entregarse a la policía colgó un nuevo cartel en su balcón del sexto cuarta de la Avenida de la Tolerancia: la Modernidad, el Progresismo y las Reformas no tienen sentido del humor.

Los vecinos dicen que al ser detenido canturreaba el Poema del Mío Cid: que buen vasallo,…

Faustino el Viejo. Los niños del barrio le recuerdan. No saben nada de él. Pero desde entonces han empezado a leer por turnos El Quijote, La rebelión de las masas, La agonía del Cristianismo y Ortodoxia, de Chesterton.

Faustino el Viejo envejeció en una celda, en la sexta galería, planta cuarta. Todos los días escribe relatos cortos. Y luego los quema, salvo la última línea. Viva las reformas!

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